Nostalgia
Me ha llegado el recuerdo de cuando era niña y caminaba con mi abuelita por la calle donde estaba la cocina económica. Me acuerdo que entrado a la cuadra de los multifamiliares, entre un edificio y otro, por donde había jardineras, mi abuelita me dijo el dicho: El hombre propone, Dios dispone, llega el diablo y todo lo descompone. En aquellos días de tierna infancia no entendía muy bien la fórmula. ¿Por qué, si Dios ya había dicho que sí, resultaba que no?, ¿quién era el diablo? La versión moderna y breve me la dijeron treinta años más tarde en una veterinaria en Suecia: “Shit happens”.
Me gustaría recuperar esa sensación de seguridad y conformidad con mis circunstancias que tenía cuando era niña. Creo que parte de mi insatisfacción es que me creí que uno debía ambicionar, desear más de lo que tenía. Es fácil caer en eso cuando empiezas a interactuar con gente que estando en tu entorno, consigue más cosas que tú.
Cuando era niña no sabía de marcas de coches hasta que mi papá quiso comprarse uno nuevo y pasó de un Valiant a un Dodge Dart; el transe de las agencias, los costos, la malicia de los vendedores, el deseo incumplido, todo eso se me reveló y ahora es parte de la coloratura de mi mirada.
Cuando era niña, los multifamiliares en los que vivía eran mi casa y no había una mejor en la que quisiera estar hasta que mi mamá me comenzó a compartir su anhelo insatisfecho de tener una casa propia. Cuando caminaba con ella por la Avenida Tres, hacia Miramontes, me mostraba las casas que le gustaban; si alguna estaba en venta y, por curiosidad, preguntábamos cuánto costaba, me daba cuenta de que la suma pronunciada era la mayor de las imposibilidades. Los deseos se convirtieron en algo que sólo tenía vida en la imaginación y ésta tenía las puertas cerradas hacia la materialización. Pero soñar estaba bien, hasta que me compre eso de que si no cumples tus sueños eres un fracasado.
Cuando era niña, estaba bien que me recostara en la cama de mi abuelita para solo contemplar el alrededor: el niño dios en su vitrina, el ropero de madera oscura, las corbatas tejidas de mi abuelito que nunca lo vi usarlas, el techo que tenía unas como rayas como formadas por tabiques muy largos. Recuerdo que me imaginaba cómo sería si el techo fuera el piso, cómo se voltearía todo su caminara en el techo. También me gustaba verme la boca con un espejo e imaginar que mis dientes inferiores eran los superiores. Hacer eso estaba bien, hasta que creí que ni hacer nada era perder el tiempo, y que perder el tiempo era lo pero que podías hacer.
Me gustaría volver a esa calma tranquila y a esa aceptación natural de mi vida. Lo que conservo de entonces es mi curiosidad y mis preguntas. El mundo es tan raro. Veía a los vecinos del edificio de enfrente como si fueran de otro país; los muñecos de porcelana de mi abuelita me contaban historias, como aquel que llevaba bajo el hombro una caja con una paloma dentro, me parecía que caminaba por las calles de una ciudad como Londres (no tenía idea de como era Londres, pero eso me imaginaba), que iba hacia alguna reunión y que la paloma era una mensajera que llevaba las cartas que él escribía. Era lindo.
Tengo tantos deseos de no sentir que me falta algo y que se me escapa la vida y que soy un fracaso.


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