Compartiendo un poco de mis miedos
Cuando era niña le tenía una repulsión muy grande a los gusanos. Debí haber tenido menos de 12 años cuando me fui de viaje a Mérida con mis abuelos maternos. Era la primera vez que pasaría más de un día lejos de mis padres. No fue un viaje que disfrutara libremente, estaba muy al pendiente de todo lo que sucedía, de lo raro que se me figuraba todo, de las cucarachas que corrían libremente por la plaza y que la gente apachurraba sin intensión al pasar. Sucedió, entre otras muchas cosas, que me compraron un chocolate, era uno que venía envuelto de fábrica. Cuando lo abrí, descubrí un gusano blanco entre una especie de pelusa. La sensación que tuve fue horrible. Años más tarde se repetiría la escena del descubrimiento del gusano en otros lugares, unos tan improbables como una madeja de estambre y otros evidentes como la cecina colgada para secarse. En la ocasión de la cecina, recuerdo haber llorado histéricamente. Los gusanos se han anclado en mi mente como un símbolo de la inevitabilidad...
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