Las cosas
Desperté extrañando las cosas que he perdido para siempre, esas cosas insustituibles que se convierten en la pérdida eterna.
La más antigua se trata de una cartera de piel que le expropié a mi papá para llenarla de cositas varias. Recuerdo estar sentada en el piso de la recámara que compartía con mis hermanos mirando la cartera. Había estado mirando también la guía telefónica en la que aparecía nuestro reciente contrato de línea, estaba a nombre de mi mamá que usó su apellido de casada en atención a sus hijos. Mi papá no estaba en casa, se había ido después de una fuerte discusión con mi mamá. Recuerdo sentir miedo ante lo que me esperaba como la mayor. La cartera tenía una llave dentro. No recuerdo cuándo ni dónde encontré esa llave. Me gustaba pensar que yo tenía acceso a un misterioso lugar. También había una pluma muy flaca con tapa morada en forma de la cara de Tribilín. Tampoco sé cuándo ni dónde perdí la cartera. Simplemente la extrañé un día y ya no estaba. Aunque mi papá volvió a casa, siento que perdí algo de él.
¿Qué perdemos cuando se va una cosa?
He hecho dos regalos en mi vida que representaron la pérdida de dos objetos en extremo añorados: un libro y un recuerdo del laboratorio en el que trabajó mi mamá. Eran anclas en el terreno donde germina el sentido de mi vida: la infancia.
En aquel lejano tiempo, la memoria aún no se encontraba abigarrada. En ese pasado planté, sin saberlo, las semillas de mi simbología personal.
El libro tenía insertos de papel albanene. Vaya, ahora entiendo la necesidad reciente de ponerle insertos a mi Traveler's Notebook. Tiene sentido. (Lo siento, querido lector, que no sea capaz de transmitirte la importancia de este hallazgo… ¿cómo podría apelar a tu propia simbología que un día se devela para ti?).
También añoro las cosas perdidas en mi vida adulta, las cosas que no puedo recuperar. Una sombrilla, un rompevientos, bolsitas que costaban más de lo que contenían…
He deseado escribir alguna especie de elogio a las cosas. He pensado en su cualidad transicional, su ser que tiende puentes a lo inefable de uno mismo. Sinceramente, no podría llenar ni una cuartilla por el simple hecho de que me faltan palabras y me falta poesía.
Una vez encontré en una revista algo sobre los objetos. Voy a buscarla… Se trata de Architectural Digest, que en su artículo sobre talismanes contemporáneos pone:
"Todos vivimos rodeados de los objetos que preferimos, elegimos o que consideramos verdaderos tesoros. Un mundo material que nos define: piezas que consideramos mágicas. Objetos poderosos que necesitamos tener cerca: talismanes, piezas que amamos o heredamos."
La revista AD cita, del segundo capítulo de El alma de los objetos. Una mirada antropológica del diseño, a Luján Cambariere:
"Energía. Numen. Aura… Los objetos tienen alma o lo que los antropólogos definen como Maná. Una luz o chispa divina que los hace brillar de un modo particular y destacar dentro de nuestro universo material, así como lograr —y aquí está lo interesante— hacer surgir la magia en lo cotidiano".
Las cosas no son solo cosas (desechables). Nos permiten depositar en ellas un mundo de sentido que calla la mayor parte del tiempo.



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