A propósito de mi ansiedad, Ad Astra
Me parece que esta ansiedad mía ha sido desde siempre el motor de mi proceso creativo. Siento que algo tiene que ser dicho, que algo debe salir y mostrarse porque, de lo contrario, se me va a atorar y me voy a ahogar. Escribir es como descorrer la cortina. Hablar es abrir la ventana. No soy mucho de abrir ventanas (cosa de la misma ansiedad).
En el tiempo en que salió la película Ad Astra, yo estaba cursando una etapa severa de ansiedad y depresión. Me obligué a ir al cine porque ya no podía con mi cara de palo. Nada me hacía sonreír y todos los días eran como subir cuesta arriba sin ningún sentido. Ver la película fue lo peor que pude haber hecho, salí peor de como entré. No recuerdo haber entendido del todo la película porque no encontraba ninguna razón para que me hubiera afectado tanto.
Ayer fui a un café a conectarme a internet. Bajé la película en cuestión para verla en los días que estaré con mi madre. Con ella no puedo hablar, es como atentar contra la poca calma que logro retener día tras día. Puse la película en el desayuno. Mi mamá ya no le pone atención a nada, a veces la atrapan algunas imágenes o frases y luego se vuelve a perder sepa Dios dónde. No tardé mucho en conectar con ese aislamiento que somete al humano al estruendo de la mente. El diálogo interno, la constante evaluación de los signos vitales, las escenas del pasado suspendido en la mente como algo no resuelto que vuelven una y otra vez; la autorregulación que toma la forma de un frío sometimiento. Las primeras escenas de la película resultaron ser la perfecta metáfora de mi propia experiencia. Sonrío a la gente por pura supervivencia, siento rechazo inmediato hacia el extraño que se me acerca. Fijo calma. La interacción social me demanda una energía que no tengo. Para no desmoronarme me aíslo. Mi aislamiento es sometido a juicio de los demás.
Y sorpresa, la película tiene ahora un segundo tinte. Roy (Brad Pitt) intenta descifrar si la locura de su padre fue causada por algo o si era una una condición previa que sólo necesitaba un empujoncito para desbordarse. Mi madre se desbordó en el aislamiento debido a la pandemia. ¿Cuándo empezó su demencia? Busco en el pasado, reinterpretó sus viejos hábitos, sus propias particularidades, su carácter. ¿Cómo saber cuándo ir a un neurólogo?, me preguntó una amiga como si yo tuviera alguna respuesta para nada. Finjo serenidad y respondo lo mejor que puedo. He de parecer fría aunque por dentro estoy gritando de miedo y dolor: “hacemos nuestro trabajo y un día todo termina”. Vivo bajo la certidumbre consciente de que la muerte puede tocarme el hombro en cualquier momento. ¿Quién diablos dijo que era muy recomendable pensar la muerte? Hay por ahí una práctica espiritual que consiste en imaginarse muerte, en imaginar que toda la gente que vez, toda la gente que conoces, morirá. Me enfada la idea. Tengo enfrente de mí, ahorita mismo, a mi madre que se está muriendo en cámara lenta. La muerte es la mayor de las arbitrariedades, despedaza toda tu razón.


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