Los cuidados a mi madre de 24 horas comenzaron en el 2024. Dos años y medio saben ya a una eternidad.
Es un alivio que mi hermana y yo nos dividimos la semana. Tenemos distintas condiciones de vida, distintas formas de relacionarnos y distintas ideas sobre mi madre. Yo soy más de un apego ansioso. Mientras mi hermana tiene pareja con quien compartir lo que sucede, yo no tengo a nadie. Yo escribo. Escribir es sensacional, pero en estos casos es un decir sin retroalimentación.
Sin duda que la situación nos pone a ambas en una suspensión de lo que pensamos que íbamos a hacer de nuestras vidas. Eso, aunque nadie lo tenga asegurado (los planes del futuro) nos causa malestar. A mí incluso me ha despertado resentimiento.
Con todo, trato de sonreír a mi hermana y mi cuñado porque no vaya a ser que les alimente el desagrado y la cosa se ponga peor. Y luego creen que yo estoy de perlas y que no me representa el esfuerzo mayor que a ellos sí. Así la cosa.
No sé cómo se va a resolver todo esto. Para ser honesta, tengo la ilusión de que mi mamá se va a ir antes de que la cosa se ponga peor. Luego, pasan los días y no veo para cuando. Entonces, pienso que quizá no pasa nada porque no he rezado lo suficiente. Me balanceo entre el pesimismo de que mi vida se irá al traste junto con mi madre y el consuelo espiritual de que estoy aprendiendo algo.
Tengo más preguntas, dudas, quejas, que palabras que le sirvan a alguien que le esto. Sólo me digo que aunque esté muy cansada, no puedo tirar la toalla. Este juego de la vida no tiene pausa, time off.
Cuando era niña me “consolaban” diciendo que había personas a las que le iba peor. Ese decir siempre me ha resultado sin sentido. Como va a ser que mi dolor me aumente o disminuya en función del hipotético caso del otro sin rostro.


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