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A la escandinava

Como parte del proceso de adaptación en las tierras del norte, estuve trabajando en mi cabeza la idea de estar preparada para un día de sol en bikini. El día ha llegado señores.

Estaba sudando en el departamento y se acercaba la hora de pasear a Mac y Meg, no había escapatoria, la hora del bikini había llegado. Me lo puse y preparé la maleta con lo esencial, un trapito para recostarme sobre él, un libro, mi celular, mi computadora y mi tarjeta de internet. Tomé a mis perros y a la basura (los contenedores me quedan de paso al paraíso terrenal). Como podrán ver no empaqué lentes de sol, ni bronceador, ni agua. Pero no podíamos dar macha atrás. Los perrines ya quería hacer pis y el día podía cambiar de humor en cualquier momento.

Una vez hecho las escalas de rigor: árbol de Mac, pastito de Meg y contenedores, llegué a unas canchas de futbol. Escogí una portería para amarrar a los perrines y empecé con la desvestida como quien se hubiera robado algo. Eche una ojeada para ver si era lo única, bendito Dios habíamos varios en posición de vénganos tu reino.

Me tomé unas fotos como evidencia (no salen muy bien porque mi brazo no da el largo requerido para captarme a mí y al paraíso terrenal) pero son suficiente como para que me acuerde del día en el que por primera vez mi ombligo vió el cielo azul como el ojo de Meg.

Qué tranquilidad, el viento pasa a velocidad justa para refrescarme. Meg echada a mi lado hace juego con las nubes regordetas que pasan por el cielo. Mac inquieto como siempre se asegura que nadie se acerque por ninguno de los puntos cardinales hasta que queda echo nudos y empieza dar saltos de cojito.

Ya llevo una hora, necesitaré más de un día para que toda mi piel tenga el mismo color de mis brazos, pero no hay prisa, se que los días llegarán.

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