Vieja música, el alma que toca a la puerta
Tengo una playlist que se llama Nostalgia, es música de inicios de los ochentas y alguna que otra de los noventas. La pongo de vez en vez para que siga provocando en mí esa añoranza de mí misma, de las mareas interiores que se mueven por todo mi ser a partir de una fuerza que no sé qué quiere de mí. Quiere algo, lo sé. Es un llamado.
Pongo mi música, comienza el oleaje. No sé cómo traducirlo y lo olvido. Vuelvo a la vida tan seca y difícil. No sé navegar allá ni sé navegar acá. Voy en el incómodo en medio, tierra de nadie, en confusión total.
Esas viejísimas canciones, Xanadu, Love is Love, conviven con Stars, Never Tear Us Apart. Pues eso, Words don’t come easy to me: Devils Ball.
Pierdo mi mente en las melodías y recupero una especie de ductilidad sensible y tímida que no encuentra cómo vivir en el mundo de “los adultos” o en el mundo “de a deveras”. En ese mundo en el que llevo una cara tiesa y no tolero a la mayoría de la gente.

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