Recuento al mediodía de un lunes húmedo

Ha sido una mañana de poquito de varias cosas. Esta vez, al despertarme no hice ni mis Morning Pages ni journaling. 

Apenas y estaba despejando mi visión, quise empezar con el tercer capítulo del Ulises de Joyce. Leí la introducción que viene en mi edición de Oxford. Me dí cuenta de que este capítulo promete gran densidad. 

Para mi desayuno me faltaba leche, así que me cambié, me puse unos pantalones de estar en casa y una sudadera muy muy viejita que tengo de Vancouver (es anterior a 1998). Compré un tetrapack de dos litros.  Extrañé que aún no pasara el camión de la basura que suele aparecerse por las siete y media de la mañana de los lunes. Tengo seis bolsas grandes llenas de ramas de enredadera, lima y limón. 

En la cocina me acordé de mi tía Raquel. Cuando yo era niña, ella me dijo que me quisiera y me pusiera mantel cuando comiera. Entonces saqué un tazón y un plato para que el tazón no se viera pelón en la mesa, cuestión de quererse, me dije. Ya con mi cereal en la mesa me puse a leer en forma las primeras páginas del tercer capítulo (Proteus, que le dicen). Entonces, llegó la basura y me puse a acarrear las seis bolsas, una por una, hacia la calle. Quedé contenta porque se fueron las ramas y el montón de caracoles y babosas que ya se estaban saliendo de las bolsas (ha llovido mucho y todo está húmedo).

De vuelta a la mesa, me preparé un cafecito. Saqué el tazoncito que compré en un viaje a Oaxaca, se me antojó  tomar café acunando el tazoncito en lugar de tomarlo asiendo una asa de una taza. Pasaron unas dos horas de lectura para dos páginas. Pensé en Berkeley, Sor Juana Inés de la Cruz, la Cábala. Recordé que Joyce ya había sacado al aire a Blake y pensé, este es un juego entre lo visible y las visiones, lo opaco y lo translúcido o sea, lo que podemos contar y lo que podemos intuir. Y curioso, porque días antes había estado preguntándome sobre qué es la realidad.

Me cansé de leer, así que me levanté para lavar el piso del patio que estaba lleno de tierra-lodo. Quedó listo y entonces me pregunté por cuál sería mi siguiente actividad. Sentí una especie de vacío, una especie de tristeza. La inspiración se había ido. 

¿Es este el aburrimiento heideggeriano de no poder entre-tenerse?

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