Compartiendo un poco de mis miedos
Los gusanos se han anclado en mi mente como un símbolo de la inevitabilidad. En su tiempo les informe a todas las personas cercanas que por favor, cuando muriera, me quemaran, que no quería ser comida de gusanos. La idea de que mi cuerpo sea consumido por esos insectos, me abruma todavía.
En una ocasión, ya adulta y en el proceso largo de una separación que culminó en divorcio, fui a Peña de Bernal. En una casona, de esas que tienen patio en el centro de la construcción, ofrecían agua de lima. Me encantó el sabor y la sensación de frescor. Quise tener mi propio árbol de limas, para hacerme agua y para ver los frutos amarillos decorar mi espacio. Tomó su tiempo. Ahora tengo un árbol tupido de limas que dejo que se caigan solas y que no consumo. ¿Por qué? Porque las limas albergan gusanos y la vez que me di cuenta estaba uno moviéndose en mi agua. Es una pena enorme.
De niña, tenía un enorme libro ilustrado de la naturaleza, era hermoso, tenía unas fotos que me llevaban a crear mundos en mi cabeza. Recuerdo mucho una florecita blanca entre la nieve, me resultaba muy atractiva, no tengo idea de qué podría haberme sugerido la imagen en ese entonces. También habían imágenes espeluznantes, como las de las criaturas en el fondo abisal del mar, y gusanos. Cuando veía mi libro, tenía mucho cuidado de no tocar con la mano las páginas que mostraban aquellos animales, sentía mucho asco. Con el tiempo aprendí a medir a qué altura aparecían, para abrir el libro antes o después.
Ese gesto de no tocar ni ver ni nada aquello que me causa aversión ha permanecido en mi vida. El caso más reciente tiene que ver con lo que sucedió la semana pasada. Me causó tanta ansiedad y miedo hacerme el papanicolau que ahora pienso en ir al tianguis y en ya no pasar por ese lugar. Por mucho que me dé cuenta de lo infantil de la situación, el sólo hecho de pensar que necesito ir al tianguis hace que sienta algo en la panza. Yo solita cuarto mi libertad. Desde luego que voy a ir al tianguis, y desde luego que voy a pasar por ahí el día de hoy, sólo que no sé cuanto me lleve hacer imperceptible la aversión.
Ahora que escribo esto me pregunto porqué ha sido tan difícil para mí superar eventos traumáticos. Darle la vuelta al lugar donde sucedieron no es superar el trauma. Cuando era niña, los adultos hacían menos mis temores y con ello yo me sentía ignorada y mucho más vulnerable aún. En su tiempo no me acompañaron a resolver mi miedo y lo único que pude hacer fue voltear la mirada. Dicen que cuando te das cuenta de lo que te trauma, empieza la sanación. Yo difiero. Me doy perfectamente cuenta de todo. Lo que aprendí fue a yo misma criticarme por mis reacciones, a no respetar mi miedo y a no darme tiempo.
Tengo que ir al tianguis. El tianguis no tiene la culpa… ni yo. El clima nublado no ayuda a darme ánimos. Creo que voy a premiarme con algo por el esfuerzo. Creo que voy a ir y voy a ver el lugar y voy a decirme que estoy conmigo. Creo que voy a ir y en el trayecto me voy a imaginar una historia hermosa en la que soy muy feliz. Porque ya estoy muy cansada de que la vida se me llene de páginas que no quiero tocar. Y sin embargo, me comprendo y me acepto.



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