Una pintura de mi hermano

El cambio hormonal sigue haciéndome como trapo de cocina. Trapo, eso es lo que siento en el estómago. Trapo de cocina, usado, corroído, hecho bolas, húmedo, oscuro. 

La ansiedad hormonal lleva tres horas removiéndose en mi cuerpo como una serpiente que me quiere comer el corazón. 

Trato de no aportar devaneos mentales a mi estado. No quiero empeorar la situación. 

Al final de su vida mi hermano padecía de otro tipo de ansiedad. Como sea, el infierno es simbólicamente el mismo. Me tiendo entre dos sillones, respiro profundo y exhalo despacio. He puesto música con la intención de provocar que mi mente viaje a otro espacio. Frente a mi, me reencuentro con una pintura de mi hermano que me gusta de una manera que no puedo explicar. Mi hermano me dijo una vez que lo que sentía era porque veía una parte de mí misma en la pintura. Ahora trato de descubrir qué es lo que veo.

Pero el recuerdo de mi hermano se ancla en mi mente y me siento triste. La vida es difícil. Ahorita mismo me parece un sendero lleno de peligros y padecimientos a los que no le encuentro sentido. Debo parar, es mi estado el que me oscurece la percepción.

En la pintura veo un juego de luces y oscuridad. Parece una escena de un tiempo que se remonta más atrás de mi nacimiento. No sé por qué pienso en una estación de tren, un pasaje entre aventura y exilio. Hay incertidumbre y esperanza.

Debo parar. Necesito pensar en algo que no me jale a ninguna especie de profundidad. 

¿Esta forma de pensamiento tiene que ver con la menopausia o con qué he cruzado hace rato el umbral de los cincuentas?

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