Pensamientos demasiado oscuros para un domingo

Acá tengo otra de mis “ingenuidades”: Si pudiera saber cuánto voy a vivir podría administrarme mejor. 

Mi dilema está entre vivir el momento (que se dice que es lo único que en verdad tenemos) o regularme para sostener un futuro que no se si llegue, pero que si llega y no me preparé estaría lamentándolo severamente. 

Hasta el año pasado llegué a usar una aplicación que severamente llama Future Me, la cual permitía escribir cartas a tu yo del futuro, programando su entrega tan pronto como el día de mañana o tan lejano como décadas adelante. Cuando comencé a pedirme perdón por adelantado, decidí dejar de escribirme (además de que la app en cuestión comenzó a cobrar por sus servicios). Me pedía perdón porque ya vivir el presente era lo suficientemente difícil como para pensar por mi futuro. Me estresaba pensar en lo que comía o dejaba de comer, mi renuencia a montarme en la tortura psicológica de los controles médicos, el decidir entre obligarme a hacer ejercicio o escuchar mi cuerpo y descansar. Entré a la horrible zona de la hipervigilancia desde la que he visto con horrenda convicción que estoy fallándome en asegurarme el futuro, y sin embargo no me he soltado. 

Así que me pregunto sobre cómo llevar mi vida. Pienso en mi hermano. Recuerdo que, caminado hacia la funeraria a recoger sus cenizas, pensé que que fortuna que no hubiera acabado en una cama de hospital (él habría detestado la idea). Me pregunto cuánto hacía esa observación por mi hermano y cuánto la estaba diciendo desde mi profundo deseo. Creo que era yo misma expresando mi, en aquel entonces, voluntad. 

Sin embargo soy una cobarde. Cuando el cuerpo manifiesta algún desbalance entro en angustia. No sé cómo ni con qué voy a enfrentar el final cuando llegue. 

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