Domingos de misa
Cuando era niña, y hasta mi adolescencia, frecuentaba la iglesia católica que se encontraba frente a la unidad habitacional en la que vivía con mi familia. Mis abuelos maternos también vivían en esa unidad.
Durante los días de la semana, mi madre nos mandaba al departamento de mis abuelos para desayunar y de ahí irnos a la escuela primaria. Mis padres entonces se preparaban para salir a trabajar.
De camino a la escuela, pasábamos a persignarnos a la iglesia. Mi abuelita nos daba un tostón (una moneda de cincuenta centavos) para depositarla como ofrenda. No nos persignábamos frente al altar principal sino que nos metíamos a la capilla que se encontraba a la derecha. Ahí había un enorme crucifijo, un Cristo agonizante con la mirada suplicante mirando hacia el Cielo más allá del alcance de sus ojos. El Cristo estaba montado en una pared tapizada de terciopelo rojo en el que se prendían corazones y manos suplicantes de un dorado avejentado. A mí me daba algo de miedo la figura, así que trataba de verle sólo los pies.
Como parte del ritual de la persignada, debíamos tocar los pies del Cristo, santiguarnos y arrodillarnos un momento frente a él. Se suponía que era el momento para pedir u orar, pero yo observaba y me preguntaba sobre la gente que había llevado esas peticiones o agradecimientos de milagros. También habían algunas notas. Se trataba de gente enferma, gente que había sufrido algún accidente o que sería operada. Todo eso me hacía sentir una especie de oscuridad interior.
Los fines de semana lo pasábamos con mi mamá. Mi papá casi siempre estaba desparramado en el sillón viendo deportes en la televisión. Mi pobre padre tenía dos trabajos, así que su jornada era de las ocho de la mañana a las tres de la madrugada de lunes a viernes. Los domingos mi mamá nos llevaba a misa. Creo que fuimos sin falta cada domingo hasta que mis padres comenzaron a ir a la Central de Abastos porque ahí salía más barata la fruta y la verdura.
Durante la época de los domingos de misa, también observaba y me hacía preguntas. Me causaba gran curiosidad los confesionarios, ese lugar oscuro y apartado donde uno decía sus pecados. Yo no tenía ni uno solo qué decir entonces, además me daba algo de miedo y no tenía muy en claro el procedimiento, por más que lo había escuchado en las clases de catecismo. Pero había alguna gente que ocasionalmente entraba a ese lugar. No se veían ni malos ni agobiados. La afluencia de los feligreses era regular, lo que me daba cierta tranquilidad porque todo transcurría como era esperado. Entonces sucedió, por ahí de cuando tenía doce años, que cada vez iba menos gente a la misa. Me pregunté por qué; también sentí algo de lástima y tristeza. Entonces tembló. Debió haber sido un sábado por la noche. Mi papá nos llamó a la sala para estar todos juntos. Vivíamos en un quinto piso. Se sentía horrible, pero con todo ya teníamos cierto conocimiento de intensidades y dura y de los sismos. A la mañana siguiente, la misa estaba abarrotada. El miedo hacía reunirse a la gente en la iglesia, como niños cerca del padre protector. ¿Qué les había pasado para que sintieran tanto miedo de un sismo que simplemente pasó?
Los domingos se sucedieron, de una iglesia abarrotada pasamos a una asistencia regular. Nuevamente todo iba bien, tranquilo, sin cambios. Pasó bastante tiempo antes de que se comenzara a vaciar la iglesia. Recuerdo que pensé que dioscito debería mandar otro temblor para regular de nuevo la participación. Y sucedió, en el 85 volvió a temblar, sólo que esta vez se le pasó la mano a dioscito. El terremoto tiró edificios, vació la Calzada de Tlalpan y a todos nos sumió en el miedo. ¿Qué pasó con la asistencia dominical? Bajó. Lo dicho, se le pasó la mano. Dioscito ya no era un padre protector, nos había dejado a todos desamparados.



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