Sigo preguntándome

He estado escribiendo en mi journal y en mi cuaderno de indagaciones simbólicas lo que ha ido apareciendo este mes. He escrito mucho, de corrido, así como viene; me siento agotada con apenas algunos breves reflejos de luz. Parece una tradición personal el volver una y otra vez a la oscuridad. El mundo se me oculta en su sentido. Cuando digo mundo es mi mundo, claro.

Recuerdo decir con vehemencia en una clase de indagación personal a través de la astrología, que yo no veía nada, que me sentía en un túnel oscuro donde ni siquiera podía saber si iba para adelante o para atrás. Voy dando palos de ciego, dije en otra ocasión. 

Me asombra la gente cuando puede ver clarito lo que quiere y a dónde va. Me asombra que comprenden o que les pasa, que tienen nombres para ello. Trato de comprender cómo le hacen. A algunos les ha incomodado mi mirada cuando estoy concentradísima tratando de dilucidar el mecanismo que usan.

En mis reflexiones a veces encuentro algo de luz y luego se esfuma y vuelvo a empezar. ¿Cómo era?, me pregunto cómo quien se ha perdido por enésima vez en el camino.

Cuando me dijeron de la técnica del agradecimiento como vía para encontrar el sentido de la propia vida y paliar la depresión, me quedé atónita tratando de buscar en mí cómo se sentía el agradecimiento. Tuve que preguntar, “oye, ¿tú cómo sientes en el agradecimiento en el cuerpo, dónde se siente?”. Cuando estaba en la maestría, mi directora de tesis me sugirió explorar la compasión. ¿La qué? He visto el término muchas veces en la biblia, lo he escuchado cuando hablan de los pobres y desventurados; suponía que se trataba de darles comida o dinero o crear una beneficencia; no tenía idea de qué tenía que ver eso con la filosofía. 

Hay muchas palabras que me resultan muy abstractas.

Y me gusta leer y escribir. No entiendo. 

Creo que sentir es demasiado intenso para mí.

Dicen que el cerebro no soporta el vacío. Al vacío se llega desde varias direcciones. En mi caso está el vacío conceptual del no entiendo lo que me pasa y no puedo explicarlo; también está el del sinsentido de toda esta faramalla en la que se convierte la vida; el vacío de emociones; el vacío de afecto. Dicen que hay otro vacío al que se llega después de atravesar al vacío regular, digamos; yo he contactado eso no por voluntad sino como advenimiento, el no necesitar nada, la paz plena  de una rendición absoluta (me duró mucho menos de lo que tardado en escribir esto). No sé si se trate de la Serenidad (Gelasenheit) de Heidegger o el Sunyata o la nada productiva tan mentada en filosofía. No lo sé.

Recién terminé de leer El libro de los Espíritus de Kardec. Me puso a reflexionar en muchos temas, incluyendo la estructura a priori de la mente humana, sus limitaciones y su necesidad de ir más allá de lo que quizá se capaz comprender. Vale la pena la lectura como un referente del espíritu de esa época. También me ha hecho pensar mucho la demencia de mi madre y, esta semana, el despertar de los demonios de mi hermana. Estoy en una especie de caos que me requiere otra aproximación para enfrentarlo sin perder mi centro.

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