Lo que le pasa al otro y yo


A ver si me acuerdo de lo que quería escribir. Hace ratito me hacía total sentido. ¿De qué era? Tenía que ver con la soledad, no de estar solo sino de comprender el mundo en la intimidad. Era algo así.

No sé como sea con las personas en general, pero a mí me sucede algo extraño: al mismo tiempo que siento (sin contenido mental) lo que le pasa al otro, me parece, no me puedo poner en su lugar, es decir, mentalmente lo veo desde lejos. Lo que siento y lo que pienso guardan distancias distintas.

Por ejemplo, recuerdo a mi padre ir caminando por la calzada de Tlalpan. Llevaba tomada de la mano a mi hermana (que es menor a mí). Mi padre no sé si iba o venía de una clínica del ISSSTE, le dolía el oído. Tengo entendido que de joven le perforaron el tímpano. En ese momento, sobre la calzada, vi cómo apretaba la mano de mi hermana. Mi padre sentía dolor y no emitía ninguna queja. No recuerdo muy bien qué sentí, pero era algo así como pena por él. Yo simplemente lo observaba y me daba cuenta que lo estaba pasando muy mal. No le dije nada nunca. Tiempo más tarde, mucho más tarde, ya siendo yo una adulta y comprendiendo lo difícil de ese estado (la adultez), recordé a mi  padre y pensé en lo difícil que debió haber sido para él enfrentar su condición sólo, realmente solo, porque se suponía que era el pilar, el soporte.

Pienso que así cada quien vive sus sufrimientos, en soledad.

Hubo un tiempo en el que mi hermano y yo coincidimos en padecer de ansiedad. El origen era distinto para cada uno, pero la ansiedad era la misma hija de puta para ambos. Mi hermano me preguntó por quién de los dos estaba pasándola peor. ¿Cómo iba a saber? No me podía meter en él con un ansiómetro para comparar el nivel de cada uno de nosotros. Aunque ambos sabíamos del infierno que estábamos viviendo y coincidíamos en que no se lo desearíamos a nadie, no podíamos decir, a ciencia cierta (tal cual), quién la estaba pasando peor. Ambos nos estábamos ahogando en un mar jodidísimo, los consejos que me daba él era muy distintos de los que yo le daba. Salte a correr y dar el máximo, deja la vida en la pista, me decía. Yo, en cambio, le decía que se desconectara del mundo, que se fuera y no pensara en nada más. Ninguno siguió el consejo del otro.

Me he perdido un poco. No sé si estoy llegando a algún lado. Por cierto, anoche soñé algo bizarro; mi subconsciente trasladó mi angustia por el problema del ojo de mi perrita, en una escena en la que un hombre pobre y fanático se deja atravesar el ojo con una varilla delgada y pulida para mostrar los efectos milagrosos de un curandero.

Creo que tendré que volver otro día a escribir lo que quería decir.

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