¿Cuándo fue la última vez que me corté el cabello?
Regresé de pasear a Abril. La campana que anuncia la llegada del camión de la basura suena a lo lejos; se viene acercando. Tengo calor. Me lavo los dientes y me asomo al espejo. Mi cabello es un desastre. Debería ir a la estética. Mi vida ya no tiene nada de glamorosa (como si alguna vez lo hubiera tenido). Quiero decir que no me pongo aretes, no me seco el cabello, no me enchino las pestañas y mi ropa es lo más cómoda para estar en casa de mi madre cuidándola. Nadie en esta colonia me conoce. Aquí no tengo amigos.
Tres años sin menstruar y mi cuerpo aún no logra encontrar estabilidad; me lo dice mi boca, mis ojos, los bochornos, los dolores en el cuerpo. Cuando estudiaba ingeniería, con todo y lo que tuve que escuchar de profesores sobre las mujeres, ni de cerca comprendía lo difícil, el reto que supone ser mujer (física y socialmente). Y en este estado menopáusico, cuidar de mi madre con demencia le agrega dificultad, por decirlo de alguna forma. Nada hay de glamoroso en hacerla de cuidador, tampoco es que me sienta particularmente compasiva ni con ticket al Cielo.
Los constantes movimientos y pujidos de mi madre no me dejan continuar escribiendo. Debo ir a ver. Una, dos, tres, las que sean veces, debo verificar que todo esté en orden.
Cierro la computadora. Es inútil.
Siento que ha pasado una eternidad de que empecé a escribir aquí. Pero no han transcurrido ni veinticuatro horas. Se vuelve a oír el camión de la basura. Ya tiré los pañales de mi madre en la mañana. Está por llover. Las ventanas de los vecinos se azotan.
Había tomado unas notas antes de lo que quería escribir. Las busco. Había algo de que quiero que se muera y de que tengo miedo de que se muera. Dos formas de sufrimiento que convergen.
Pensé que el lenguaje crea comunidad, crea mundo… y también lo destruye. Une y separa. Y el silencio, lo violento que puede ser.
Me pregunto si lo que digo que siento por alguien tiene que ver con esa persona o más bien por lo que me hace sentir la situación que compartimos. Digamos, me harto de estarle hablando y que ella sea peor que un muro; pero le digo que estoy harta de ella. Si mi madre me estuviera mimando, seguramente le diría que la quiero.
Otra vez debo detenerme e ir a ver qué está haciendo. Ella puja, puja, puja.
Pierdo el hilo de lo que empezaba a formular.
Me está dando frío. Sigue el viento azotando puertas y ventanas. Pronto tendré que ir por la ropa tendida. Tender la cama de mi madre con su sábana recién lavada.
El mundo interior de mi madre es un misterio. La demencia es una enfermedad que va deshaciendo las capacidades fundamentales. Atestiguarlo cuesta.
Me pregunto qué es el amor. Me pregunto si es cuando sentimos que nuestra vida tiene sentido, cuando no nos sentimos un punto adimensional en el espacio infinito.
El otro día estaba escuchando un audiolibro mientras hacía la limpieza de la casa de mi madre. Escuche una frase que anoté luego luego para que no se me olvidara. Voy a replantearla: cada día mi madre muere un poco más, y sólo aguardamos a que acabe de morir, pero la cuidamos día a día para que no se ponga más mal. Esto es una locura.
¿Y mi cabello? Pues eso, ahí sigue, creciendo. Lo ato en un chongo para que no me estorbe en las tareas. Los pelillos pequeños se paran y me veo realmente mal. Todavía no recuerdo cuando fue que me lo corté, ¿fue el año pasado?



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