Mario Benedetti

Estaba en el CCH Sur, los árboles de las jardineras sombreaban las mesas del salón de clases mientras yo navegaba entre sus letras minúsculas, sin puntos ni comas, como las ideas de uno cuando pasan entre los pensamientos. Después de ese día ya no me pude desprender de él. Lo buscaba en las librerías, comía con él y hasta a algunas fiestas lo invité.
Recuerdo en especial una fiesta. Me veían con la mano ocupada de los poemas de mi Marito. Me pidieron que leyera. Abrí el libro sin escoger nada en particular, comencé a leer y a medio poema lloré. Creo recordar algunos ojos húmedos además de los míos.
¿Cómo ser escritor y no tomarse lo que se escribe personal? ¿Es que se puede escribir desligado de las emociones propias, sin voz? Marito decía que no. Yo estoy con él.
En los días de tedio, cuando el trabajo me hacía sentir como una línea recta, constante, él me decía "No te salves". Tenía colgado su poema junto con gráficos que en realidad nunca importaron, pero pese a todo me seguía salvando. Congelé mi júbilo, me reservé en el mundo un lugar tranquilo, dormí sin sueño y me juzgué. Confieso. Me salvé por años, Mario, me salvé.
Hubiera querido estrechar su mano cuando lo vi en una firma de libros. Lo vi y me cohibí, qué típico de mí. Ahora el mundo ya está sin él. Muy tarde para mí desear que volviera a México. Espero que aún no sea tarde para dejar de salvarme.
Gracias por tus letras, Mario.
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olivia