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Perdido y sin reemplazo

Todos perdemos o damos algo que jamás tendrá un reemplazo. No es la cosa en sí sino el apego a la cosa, a los recuerdos que trae la cosa, a las emociones que ligamos a la cosa.

De lo primero que recuerdo haber perdido y que lamento grandemente porque sé que nada lo podrá traer de vuelta data de cuando tenía apenas siete años. Era una mariquera color negro que fue de mi papá, me la cedió después de ponerle mi carita de "por favor papi", en ella guardaba una llave que no abría absolutamente nada junto con papelitos y lápices (todos mis bienes); días después de que mi papá me la dio mis padres se separaron y yo perdí la mariquera en no-tengo-idea-dónde; el sentido de pérdida se duplicó... desde luego que la pérdida real fue mi papá y el sentido de seguridad.

No sé por qué a veces algo nos afecta tanto y otras ni siquiera nos acordamos de que "algo" pasó. "Huella de abandono" le llaman algunos, ésta tiene la particularidad de alterarte de manera irracional, es el botón que dispara "La" alarma cuando apenas y alguien, sin saber, lo toca.

Una buena manera de limpiarnos de viejas pérdidas es revivir la emoción y desde la distancia que nos ha regalado el tiempo, cambiar la historia que le construimos alrededor... porque esa historia no es mas que una percepción.

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Qué chulada de maíz pinto

Crecí oyendo a mi papá decir con enjundia "¡Qué chulada de maíz pinto!" cuando le veía las piernas a mi mamá y después se las estrujaba con las mega-manotas que Dios le dio.

Hasta hace poco no tenía una clara idea de lo hermoso que es el maíz azul (con el que hacen las tortillas azules que saben a gloria) hasta que de golpe lo vi en el mercado de Xochimilco, esta foto no me dejará mentir, su belleza es asombrosa.

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No hay nada en este mundo de hoy que nos persuada de no tener prisa, al contrario, aquí no hay tiempo para nada, todo ya va tarde y lo más importante: estamos a un paso de la muerte.

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