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Desde la terraza de mi hotel en Niza


Comencé la semana recibiendo un poco de calor de las cercanías con el Mediterráneo. Me supuse que una copa de vino tinto en la terraza era lo que mejor aplicaba en mi intento por acercarme en alma a las gaviotas que aparecieron para recordarme que he decidido aprender a volar.

Si hay algo que siempre ha marcado mi camino en este tiempo que voy contando desde 1970, es esta ave maravillosa de blanco inalcanzable y espíritu francamente solitario aún dentro del grupo que decide contemplar el atardecer con el pico apuntando al horizonte hacia un mar que cada vez más luce infinito.

Así que tomé la copa, ajuste el sillón y brindé por mi destino incierto. Besé el cristal, respiré el aroma de la flor de naranjo, extendí los brazos y recordé que merezco estar aquí.

El vino va fluyendo en mi torrente sanguíneo y no busca más que la reconciliación conmigo misma. El velero al fondo destapa el recuerdo de una pintura en París cuyo significado entiendo hasta ahora.

Busco más señales en mi memoria para convertirlas en mensajes, pero se cuelan los miedos. Un mosquito ahogado de borracho en mi copa me pide que deje ya de adivinar y que simplemente me deje vivir, me deje ser. Saco al mosquito con mi dedo. Demasiado tarde, a muerto de una congestión alcohólica.

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