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¿De verdad hay que escoger?

Alguna vez te habrán preguntado amigo lector "Si te fueras a ___ y tuvieras que escoger ____ ¿qué te llevarías?".

Si se me ocurrió, en una de esas veces que a mí me preguntaron, que la cosa es muy fácil, ahora me desmiento. Está verdaderamente del nabo tener que escoger.

Tengo que escoger de entre mis libros cuáles se irán conmigo en esta aventura de aprender a volar. A ver, qué me llevo, aquellos que han probado su eficacia en mantenerme a flote (esto no es volar), aquellos que he leído y que me han despegado los pies o me han señalado sutilmente hacia dónde brincar, aquellos majestuosos que me recordarán mi esencia, o los que no he leído y prometen ayudarme en el aprendizaje.

No, si la cosa no está fácil. De veritas.

A ver, de los que no he leído tenemos muchas categorías: los materia prima, los manuales, los motivacionales, los difíciles, los fáciles, los que me laten, los que me recomendaron, los chiquitos que se acaban pronto, los grandotes que pesan como plomo, los que prometí leer, los de bolsillo, los de cabecera (o de buró), los de lecturas cortas...

Y luego ¿cómo se les dice "adios" a los libros que estuvieron contigo en los malos ratos, o en los mejores momentos de tu vida?

Yo no puedo escoger entre Saramago, Benedetti o Borges. O a quién se le ocurriría no llevarse a Kipling o a Virginia Woolf. Y ahí se me quedan viendo Emerson, Henry James, Marcel Proust, Hesse, Cortázar, Fuentes, Balzac por decir algunos. Y como si los angelitos sólo hubieran escrito un libro.

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