La demencia de mi madre y la razón


Dos años y medio viviendo la experiencia del deterioro de mi madre aún no son suficientes para nombrar suficientemente lo que acontece en mi interior. Creo que hay acontecimientos que no pueden ser nombrados de una sola vez y que invitan a un largo pensar. 

Tomemos este ejercicio como unas notas, un balbuceo (así decía mi profesor de la universidad cuando recién uno está visitando una nueva idea).

Cotidianidad incómoda

Mi cotidianidad no es ya la que solía vivir. El estado de excepción ya es demasiado largo para considerarlo un evento. Estoy inmersa en un cotidiano exigente de pérdida con el que me había estado identificando fuertemente (pues mi madre se me ha presentado como mi espejo).

El cuidado de una persona que está partiendo en cámara lenta no tiene la dignidad del sufrimiento heroico.  El estado de excepción se está convirtiendo (o ya se ha convertido) en cotidianidad. Sin embargo, no dejo de cuestionar esta experiencia; se están poniendo en juego las ideas de consciencia, identidad, moral, sentido de la vida… no es poca cosa.

Cuerpo, persona, madre: la identidad

Pienso… Mi mamá es mi mamá porque ahí está su cuerpo todavía moviéndose. Pero, tampoco es que ese cuerpo sea mi mamá. Ella está y no está. Cuando muere alguien, aunque es fuerte el golpe, el cerebro comienza a reorganizar su mundo, su plexo de referencias; la realidad, como experiencia propia, forzosamente necesita reajustarse a las nuevas condiciones. Si somos en relación, la ruptura de un vínculo en sus posibilidades necesariamente cambia nuestra identidad. Con mi madre, el reordenamiento es constante porque sus expresiones son caóticas. Me dice "Hija" y vuelvo a verla como mi madre, pero luego dice una serie de incoherencias a las que mi mente se quiere cerrar, pero mi moral aprendida me dice que es mi madre, que es una persona que me está hablando y que debo ponerle atención. Porque mi madre es una persona, ¿no? Y ahí entra la cuestión: su personalidad es un caos, una disonancia cognitiva permanente.

Ambigüedad, dolor cognitivo

Con mi madre en estado de demencia, yo experimento una especie de dolor mental. Estoy frente a una completa ambigüedad que lógicamente no puedo ordenar. No hay acuerdos posibles, no hay aprendizaje, renovación de la relación como algo sobre lo que pueda construir una narrativa.

Mi madre a veces, las más, no sabe lo que está viviendo. Unas pocas veces se da cuenta de su decaimiento. Olvida, se da cuenta, y vuelve a olvidar. Seguramente hay momentos en la que es un testigo silencioso de su propia condición. No sé si la afectación en su lenguaje es sólo en la formulación de su sentir o si ella no puede comprenderse a sí misma. Me "habla", me quiere decir algo, quiere opinar. No le entiendo nada, ya no, ya ni siquiera puedo adivinar. Su cuerpo y su mente se han convertido en una prisión para su espíritu.

La extensión de la vida como aprisionamiento

¿Qué es el "yo"? ¿Qué es una persona? ¿Por qué la sociedad ha optado por conservar el cuerpo a costa de la extensión del sufrimiento? ¿En dónde está la piedad? También me pregunto, como ven, sobre el modo de aplicar la medicina y de las complicaciones inherentes a la eutanasia. Supongo que parte de mi conflicto tiene que ver con las narrativas que he asumido.

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