No es posible una filosofía sin sinceridad
"No es posible una filosofía sin sinceridad", escribe Amador Vega en Tentativas sobre el vacío a propósito del ejercicio reflexivo de Tanabe.
Bien. Quiero ser sincera (aunque dudo que lo que sigue a continuación se asemeje a una filosofía, pero igual hay que intentar la sinceridad).
¿Por qué uno se acerca a las prácticas espirituales? ¿Por qué alguien se detendría en la esquina del condominio, desde el que escribo esto, a hablar con los voluntarios se sepa qué secta? O sea, ¿por qué alguien inicia un camino distinto al que había estado transitando? ¿Por qué el Buda histórico termina su vida acética y se sienta en el árbol a meditar? ¿Por qué Tanabe escribe alrededor de la metanoia? ¿Por qué alguien comienza a asistir a lecturas de la biblia o a meditaciones? Debe haber una especie de desencanto de la cotidianeidad que se cuela al sentido de la vida misma.
Amador Vega cita este himno de Gutoku Shaku Shinran que toma de un texto de Tanabe:
¿En verdad, cuan miserable soy yo, Shinran, que me fundo profundamente en el mar del amor y la lujuria, y pierdo mi camino en el bosque de las riquezas y la fama, y no deseo alcanzar la verdadera fe, y no siento gozo en el acercamiento a la verdad de la budeidad! ¡Verdaderamente estoy lleno de vergüenza y remordimiento!
¿Cómo se puede proclamar verdad de la budeidad? O sea, ¿quién y cómo asegura que el camino espiritual (el encuentro con el verdadero yo) es posible, y qué es lo que entrega a quien decide andarlo? ¿De verdad existe un "verdadero yo"?
No sé si estoy transmitiendo mi consternación.
La vida es difícil. No dudo que haya individuos que pasen una vida más o menos sencilla, o que haya quien la pasa terrible a aún así le parece genial vivir. De todo hay. Pero siendo sinceros, la vida es difícil. ¿Por qué la gente sigue trayendo hijos de manera voluntaria? Si quitamos los conflictos generados por los propios humanos, aún así queda el dolor, la enfermedad, la vejez. Así que dedicar lo que le quede a uno de vida a proveerse todo el placer posible no resulta loco, ¿no? ¿Por qué querría alguien asumir el estado en el que se encuentra, soltar la resistencia y aprender de la experiencia? Si no hay nada más al morir, ¿qué propósito tiene querer elevarse espiritualmente?
Tal vez si uno no puede desafanarse de la miseria en la que se encuentra, si la fatalidad ha llegado y no tiene para cuándo marcharse, uno opte por querer verle el lado bueno al asunto (es decir, uno busca el sentido de lo que está viviendo).
¿Y si la espiritualidad no es sino otra forma de locura humana?
Si algo le reconozco a la aproximación oriental (filosofía y/o religión) es el ejercicio por superar la razón.
Andamos nuevos caminos para transformarnos, porque quienes hemos sido (o la forma en que hemos sido) nos produce una forma de arrepentimiento. Por donde hemos andado ya no podemos andar más, debe haber otra forma. ¿Y si no lo hemos intentado lo suficiente?
No rendirse, insistir. ¿Cuándo es necedad y cuándo es voluntad?
Buscamos para la vida una receta como si se tratara de un repetir un producto: ¿Cómo le hago para vivir en paz? Y buscamos de acuerdo a nuestras posibilidades.
Queremos salvarnos. ¿De qué?
Nos aprisionan nuestras circunstancias, nuestra biología, y peor, nos aprisionan nuestras preconcepciones, creencias, estructuras mentales, traumas.
Queremos salvarnos de nosotros mismos. Y brincamos de narrativa en narrativa. El religioso se hace ateo, el ateo se hace religioso.
Y luego de mucho pensarle llega la nada. Yo le entendí a Nishitani que cuando se llega al nihilismo creyendo que es la nada, no se ha hecho mas que encontrar otra narrativa. Se vuelve a caer en la trampa de ponernos un objeto de frente, una forma de ídolo o dogma.
Me pregunto si es posible la experiencia de la no diferenciación. Dicen que sí, yo no sé.


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