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He estado pensando en mi papá (sobre el más allá)

Mi papá murió en 2009, durante ese tiempo han habido muchos días que ni siquiera pienso en él, es como si sintiera que su energía ya se hubiera diluido por completo. Pero parece que no es así porque en este año su "presencia" la he sentido más fuerte.

Cuando experimenté la pérdida de mi papá quería absorber todo lo que sucedía, quería que se quedara grabado muy profundamente para no olvidar lo que estaba pasando.

Yo siempre he tenido miedo a la muerte, y más que nada a las mil y un formas en las que puede llegar y en las que puedes sentir dolor físico. Estoy en completa oposición a la violencia física, en que una persona lastime el cuerpo de otra. Si existe la reencarnación, puedo entonces explicar porqué siento que me han cortado los dedos de los pies y de las manos, si me concentro puedo "recordar" cómo se siente el filo del metal frío; de cualquier manera, eso me hace que rehuya cualquier posibilidad de que alguien me agreda y muchas veces mi reacción ante ciertas cosas es encoger los dedos de los pies y las manos. Mi punto aquí es que antes de la muerte se puede sufrir físicamente y eso me aterra. Ese es el miedo más grande junto con el de sufrir esa experiencia sola.

Regresando a lo de mi papá… Es mi sentir que la muerte de mi papá fue completamente planeada por su alma, esto es, todo se llevó en una suerte de sincronicidad casi perfecta y durante todo el tiempo que duró el tránsito, 15 días exactos (de domingo a domingo), experimenté cosas "raras", algunas de las cuales mi mente puede atribuirlas al dolor emocional, pero la primera que experimenté fue antes de que yo "supiera" algo: saqué unas fotos y aparecieron luces en ellas y pensé que debía apurarme a reencontrarme con mis papás que me estaban esperando; minutos más tarde mi papá cursaba un ataque cardiaco prolongado, nunca perdió el sentido ni se cayó ni nada de eso, lo estaba padeciendo en cámara lenta, sosteniéndose para que llegáramos al lugar correcto a tiempo. Tan estuvo todo "perfecto" que hasta mi papá traía consigo los papeles del seguro médico y escrito todo lo que tomaba, tan estuvo "planeado" que sucedió cuando estaba con mis papás pues no solía estar cerca de ellos diariamente pues viven a unos 50 km de mi casa (mi mamá no habría podido hacer mucho sola y yo habría tardado mucho en llegar, además de que me hubiera perdido de la experiencia de estar con mi papá al momento de que estaba dejando su cuerpo).

Por lógica la muerte no puede ser experimentada porque es un punto en el que ya no puede experimentar nada. Ningún sujeto experimenta estar muerto porque un sujeto es sujeto en tanto está vivo. Y ninguna experiencia traumatizante como accidente, enfermedad, tortura, etc. te puede dar la certeza de que morirás. La certeza de la muerte sólo la tiene el testigo que ve a un sujeto perder la vida. Esto es razonamiento, deducción puramente mental. La cuestión es que suceden muchas cosas en la transición o aproximación al límite (muerte), no es algo que se sepa racionalmente pero se sabe a otro nivel que no sé explicar.

Juguemos con la idea de "aproximación al límite cuando el alma tiende a la experiencia del acabamiento de su experiencia física". Aquí la palabra experiencia tiene un papel importante porque no sólo se da a nivel corporal, no es sólo un proceso cerebral de tu situación y por tanto alma nos refiere a otra cosa que la personalidad y la unidad exclusiva de lo físico. Racionalmente, ¿podemos hablar de tal aproximación y tal alma? No a menos que se usen para apuntar a un "como sí" sin cuestionar que todo ente cognitivo corresponde a un arreglo de circunstancias físicas. Yo no creo que  la aproximación al límite sea una mera interpretación de una circunstancia que concluye con la muerte y que por tanto es una interpretación a posteriori. Aunque no puedo debatirlo racionalmente, sólo puedo apoyarme en la singularidad de las experiencias que circundan la aproximación al límite, no sólo de quien está agonizando o está por comenzar su agonía sino también de las personas cercanas a él, aunado a las experiencias que le siguen. ¿Somos nosotros quienes reunimos las experiencias en torno a una "ilusión" para darle sentido a nuestro dolor emocional de la pérdida? Puede ser.

Así que mi papá no puede más y le pregunto si quiere que yo maneje. Estamos muy cerca de una plaza comercial y decido ir para allá en lugar de ir a mi casa. Mi papá entra al baño de un restaurante y ahí pido que me ayuden y llamen a una ambulancia. Llega la ambulancia y los paramédicos deciden llevarlo al hospital de especialidades de donde no se van hasta que es admitido, mi mamá va con ellos. Yo me he quedado sola en el centro comercial en medio de la noche y muerta de frío, necesito ir a bañarme pues estoy mojada y sudada (había participado en una carrera de 10K y durante la carrera llovió). Me veo ahí parada en medio de la noche. En mi interior pido ayuda para continuar y al poco tiempo siento como sí una legión de espíritus me respaldara y entro en calma y claridad de mente. Al llegar a mi casa "veo" que mi papá está rodeado de seres de blanco y pienso, «va a morir», en seguida descarto la imagen, lo niego, pienso que es mi imaginación (¿lo es?). 

Siempre había pensado que cualquier problema en mi familia lo tendría que resolver yo sola. Siempre había temido en cómo enfrentaría y resolvería yo los problemas. Siempre he creído que estoy sola y no cuento con nadie. Aunque tengo razones para llegar a tal conclusión, lo he llevado muy lejos al punto de torturarme enfrentándome a problemas hipotéticos una y otra vez. Ahora, que estoy en un problema real, me doy cuenta de que no estoy sola, de que no lo tengo que resolver todo yo y de que espiritualmente soy sostenida.

Pasé 15 días viviendo en el "aquí y el ahora", en la ausencia de planeación. Eso te regalan las crisis.

En ese tiempo mi mamá tuvo sueños en los que veía a mi papá queriendo atravesar un portal sin poder lograrlo. La mañana del día número 15 estaba desesperada porque ya le estaban saliendo llagas a mi papá, con todo el amor deseé su muerte. En la primer visita ya habían sentado a mi papá en un sillón, el se quitaba el sensor de la frecuencia cardiaca. Era un gesto de que se quería desconectar. Era tiempo de emocionalmente dejarlo ir, esto es una especie de resolución profunda, una entrega. En la visita de la tarde ya estaba de nuevo en la cama, me acerqué a él y me dijo con una mirada especial en los ojos: «ya llegaron». No, mi papá no estaba delirando. Mi primer reacción fue un terrenal «¿de quién habla?» seguido de una inspección ocular, pero lo cierto es que sabía que mi papá estaba "viendo" otra realidad a la que no tenía acceso yo. Mi papá nunca fue ni religioso ni espiritual ni supersticioso aunque tuvo experiencias muy extrañas en su vida como ser salvado dos veces de infortunios mayores mediante impulsos que le llevaban a tomar una acción distinta a la que lógicamente hubiera tomado en el instante justo. ¿Coincidencias? Puede ser.

Llegó la tercer visita.

Mi mamá ya había firmado un papel en el que pedía la no intervención médica en caso de otro evento. Lo tuvo que pedir explícitamente y por iniciativa propia porque no hay ni un procedimiento y mucho menos un formato que dé a los parientes de los enfermos la oportunidad de decidir por el no alargamiento de la agonía del hospitalizado. Esto es muy difícil para los médicos, ningún médico quiere que se le muera un paciente en su turno.

En esa tercera visita una enfermera nos dijo: «los estaba esperando». ¿Puede alguien dilatar su muerte por esperar a que sus seres queridos lleguen para acompañarle? Cualquier pensador racional diría que no, la muerte no es cuestión de voluntad, es cuestión del colapso consecutivo de órganos, que aunque son del sujeto, el sujeto no posee ningún control sobre ellos. Y con esto, ¿ningún adepto a este pensamiento se cuestiona al yo y al pensamiento producido por ese yo? ¿No nos lleva este pensamiento a creer que somos (en cuanto "yoes") huéspedes de un cuerpo que no somos nosotros?

Son pasadas las seis de la tarde. El ambiente va adoptando un aire particular de manera imperceptible. Mi papá empieza a tener otro infarto, aunque no parece que le duela, es todo más bien como sí mi papá fuera una melodía que va bajando de volumen muy despacio. Me toma de la mano y me mira a los ojos. Estamos enganchados el uno al otro a través de la mirada, sus ojos son más transparentes que nunca. Entiendo que él estaba en un momento en que no tiene ya ningún sentido ocultar nada, en que uno es como es, no hay agendas. Eran unos ojos bellísimos. Yo sabía que estaba en los últimos segundos de su presencia encarnada. Le dije al oído que estaba con él. No había lucha de su parte. Era todo muy sutil. Cuando se dieron cuenta los médicos me separaron para luego preguntarme si estaba segura que no quería que le hicieran nada. «Estoy segura», dije y con eso metafóricamente soltaba su mano para siempre.

Cuando me dijeron la hora oficial de su muerte, lloré sin ningún tipo de control. Luego fue todo raro.

Tuve que volver a verlo para ratificar que era el cuerpo de mi padre el que me entregaban. Lo vi y ya no era él, era como un muñeco de cartón. Claro, la sangre ya no está fluyendo. No tuve miedo ni me impresionó ver a un muerto. No sentí dolor, sentí más bien ternura. No nos vestimos de negro, no hicimos guardia en el ataúd, no quise que el ataúd permaneciera abierto durante el velorio. Puse música, de la que le gustaba a mi papá y bailé alrededor del ataúd con mi hermana. Supuse que estaba evadiendo, pero no, nunca me dió el bajón. Estar con él en aquel momento fue como experimentar un milagro. Quería grabármelo bien parar compartirlo con la gente. La transición, que fue lo que me pareció, ese entrelazamiento momentáneo de dos dimensiones, es suave. No hablo de la agonía anterior: el ataque cardiaco, la traqueotomía, las llagas; hablo del momento justo de la transición, del momento en el que todo parece correr suavemente.

Después de unas semanas mi mamá encontró el nombre de mi papá en un teléfono nuevo que le habían dado por garantía pues el suyo se había descompuesto. Un trabajador fue a casa de mi mamá porque al parecer mi papá le dijo que fuera. Yo no tuve ni pesadillas ni sueños con mi papá. Nada excepto mirarme en el espejo y ver sus rasgos. Me dije, «si temo olvidar su rostro sólo tengo que mirarme en el espejo para reencontrarlo».

Años después mi mamá y yo fuimos a comer y coincidentemente, al pedir un postre de cajeta me acordé que le gustaba mucho a mi papá, en ese momento, comenzó a sonar una de las canciones que le puse en el hospital y luego en el velorio, una canción que inspiro las tarjetas de comunicación de su fallecimiento. Sí, pudo haber sido una simple y agradable coincidencia. Pero dentro siento que no.

Este año he pensado mucho a mi papá. Ahora puedo ver el hermoso ser que había junto con todos sus defectos. Entiendo las dificultades por las que pasó y le respeto por haber logrado estar aquí por 69 años de una manera bastante digna. Hay una frase que me escribió en el 2008 y que aún conservo pegada en la pared de mi recámara: «Ama todo lo que tienes y todo lo que llega a ti». Ese ha sido, entiendo ahora, el reto de mi vida. Salir de la depresión que tuve en el 2017 implicó justamente dar el paso hacia el amarme incondicionalmente, el paso comenzó con un «estoy aquí» que significa la afirmación de mi existencia sin más.

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