Ir al contenido principal

¿Qué hacer como cliente?

Como clientes estamos a merced, literalmente, de las empresas. El poder del cliente, ese que decide dónde poner su dinero —o a qué empresa contratar— no tiene valor para las empresas y cada vez tiene menos valor para el cliente mismo. En general nos sentimos sin alternativa cuando en realidad sí podemos decidir aunque ello implique modificar nuestros hábitos.

Yo he tenido malas experiencias con el poder que ejerce una empresa que siente —o le consta— que clientes le sobran. Las empresas sólo quieren captar, lo que suceda después les importa muy poco y erróneamente el cliente piensa que no puede hacer nada al respecto. Quizá no se pueda dañar a la empresa o hacerla pagar por su mal servicio en este país, pero se puede cortar toda relación con ella y hablar de nuestras malas experiencias con amigos, esto es, hacer mercadotecnia a la inversa.

Cuando American Express me dijo que no tenía tiempo ni medios para avisarle a un cliente de un cheque rebotado y, no pudiendo arreglar nada por teléfono fui directamente a sus oficinas y me hicieron saber que como cliente les importaba muy poco, decidí cancelar mi cuenta con ellos. Han pasado más de diez años y aun me siguen hablando para ofrecerme sus productos, todas las veces me he negado y les he dicho porqué, pero no parecen escuchar, no tienen ningún proceso para recibir retroalimentación. Así, siempre me negaré ha restablecer relación alguna.

Igualmente sucedió con Telcel, que ahora me llaman a mi número que tengo contratado con otra compañía para ofrecerme planes, y con el servicio de Prodigy de Telmex de los que recibí pésima atención técnica e incluso cuelgue de teléfono al igual que hace unos días me sucedió con Cinépolis que además tiene estrategias de captación engañosas. Bien, esas empresas ya no me tienen entre sus clientes. Eso es lo que puedo hacer por mí: no permitir malos tratos a quien le estoy pagando por un servicio.

Si los clientes no hacemos nada por nosotros y seguimos poniendo nuestro dinero en ese tipo de empresas, éstas nunca van a encontrar un motivo para cambiar. Si en algún momento las encontramos convenientes y cortar con la relación implica una incomodidad —cortar con una relación siempre es incómodo—, no por ello debemos conformarnos, tolerar y pagar por ello. Imaginen si todos nos diéramos el valor que se nos niega, los ingresos de las empresas se verían afectados.

Yo prefiero darle la oportunidad a otros, ¿y ustedes?

Entradas populares de este blog

Qué chulada de maíz pinto

Crecí oyendo a mi papá decir con enjundia "¡Qué chulada de maíz pinto!" cuando le veía las piernas a mi mamá y después se las estrujaba con las mega-manotas que Dios le dio.

Hasta hace poco no tenía una clara idea de lo hermoso que es el maíz azul (con el que hacen las tortillas azules que saben a gloria) hasta que de golpe lo vi en el mercado de Xochimilco, esta foto no me dejará mentir, su belleza es asombrosa.

No sólo los seres mueren

Aunque bien es de todos conocido que todo aquello dotado de vida e individualidad cuál célula autocontenida, dígase hombres, animales, plantas, organismos… mueren, y que sólo los hombres se enfrentan a su muerte con antelación como la más temida e ineludible de las profecías, pocos experimentan, como tal, la posibilidad.

No se necesita haber estado cerca de perder la vida para tener experiencia de tal posibilidad. Es más, ni siquiera este tipo de experiencias logran arrancar a todos del "pero todavía yo no" que funciona de tabla de salvación. 
Pero no sólo mueren los individuos. También mueren las relaciones, los placeres, los contextos, las ideas, los estados políticos y sociales… vaya, las situaciones sobre las que uno se experimenta como uno mismo. Somos en situación. Nos definimos por la situación en la que nos queremos encontrar, la situaciones en las que hemos estado y la situación en la que nos encontramos. Y todas ellas mueren. 
Nada permanece. Nada. 
La vida se nos…

El arte de no tener prisa

No hay nada en este mundo de hoy que nos persuada de no tener prisa, al contrario, aquí no hay tiempo para nada, todo ya va tarde y lo más importante: estamos a un paso de la muerte.

Vivimos en un estado de aceleramiento que ha probado no llevarnos a ningún lado. Todas las decisiones apresuradas no hacen sino robarnos el tiempo bajo la aparente eficacia de quién ya siempre está puesto en marcha sin una evaluación detenida de dónde está y que es lo que realmente quiere. 
Las decisiones apresuradas no sólo nos quitan el presente, también nos roban el futuro al llevarnos a situaciones caóticas que sólo lucieron razonables en los dos minutos que les dedicamos a pensarlas. Decidimos con base en nuestras angustias, pero peor todavía, decidimos basándonos en lo que debiéramos hacer para mantener en desarrollo el estado en el que nos vemos más deseables, más exitosos. Dicho de otra manera, decidimos con base en las apariencias y no de acuerdo a nuestras circunstancias. Decidimos como si tuvi…