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Flor solitaria o sobre las estrellas

Camino a la escuela un niño de 24 años me detuvo para ofrecerme uno de sus dibujos porque necesitaba dinero para comer. A él le gusta dibujar las flores, de modo que el dibujo me venía muy bien. Revisé su portafolios y algo me decía que le pidiera uno especial para mí.

—¿Qué tienes que hacer? —me dijo.
—Nada, ¿y tú?
—Nada.

Así que en medio del sol nos sentamos junto a una fuente. Se me quedó mirando y me dijo, —Tú eres una flor solitaria... que chido.

Le ofrecí mi cuaderno para que me hiciera el dibujo pues no quería perderlo ni que se me doblara la hoja. Pintó ahí una flor que podría convertirse en una mariposa al lado del mar y mirando al sol.

—No te falta nada —me aseguró.
—Sí me falta.
—¿Qué?
—Amor.
—Te amas a ti, ¿no?
—Sí —dije sin dudar.
—Entonces no te falta nada, lo tienes todo. Sólo hay que respetar la individualidad.

Qué precisa su observación, que oportuna su llegada... A punto de acabar el dibujo me preguntó,

—¿Crees que te merezcas una estrella?
—¡Claro!
—¿Segura?
—Sí
—Es que las estrellas son algo muy mío y me duele desprenderme de ellas.
—Pero vale la pena regalar algo tuyo.

Se quedó pensando y mi regaló su estrella.

—Te voy a dar mi estrella. Las estrellas no se le dan a cualquiera.

Se me salieron las lágrimas, me abrazó para consolarme. Le pagué el dibujo y me dijo, —Ahora yo te invito algo —Y con su pago me invitó un refresco, brindamos por la vida y por las estrellas.

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