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Sigo siendo la misma

No importa en dónde esté, si en el mercado de La Merced, en la alfombra roja de Cannes o corriendo por Djurgården, sigo siendo la misma.

Por un momento llegué a pensar que no estaba disfrutando lo que tenía pues no me sentía de alguna manera en especial (o sea que no me sentía ni más ni menos importante o especial). Un lugar no hace a la persona, es precisamente lo opuesto.

Estoy corriendo y me asaltan preguntas, una tras otra mientras el sol tuesta mi piel: ¿quién soy?, ¿cuántas ideas incorrectas tengo sobre mí, simplemente porque se las creí a alguien?, ¿estoy más cierta de cómo reaccionaría otro de cómo reaccionaría yo misma?

Estoy cansada y el recuerdo del una voz animando a los italianos en el maratón de Estocolmo parecía animarme a mí ahora, "Forza Italia".

Siguen apareciendo los mismos símbolos y aún no concluyo cuál es la historia detrás de ellos. A veces a través de ellos me siento en el camino correcto, otras me hablan de mí pero de una parte que aún no termino de descubrir. Uno a uno mis sueños se van cumpliendo y no me siento ni más ni menos quizá sea que tengo enfrente a la incertidumbre. ¿Pero quién puede estar verdaderamente cierto de algo?

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¿Qué debemos hacer?

"¿Qué debemos hacer?" Así empieza Cuadernos negros (1931-1938) de Heidegger seguido de otras preguntas que acentúan el carácter de esta primer pregunta: ¿Quiénes somos? ¿Por qué debemos ser? ¿Qué es lo ente? ¿Por qué sucede el ser? Esto es filosofar.

Para los grandes filósofos, hacer la pregunta correcta es lo importante porque es lo que conduce el pensamiento y en último caso la acción. Pero saber preguntar no es sólo cosa de filósofos, es cosa de todos si es que queremos plantearnos de frente y sin evasiones lo más digno de ser cuestionado: el sentido de nuestra existencia a partir del quedarnos sin apresuramiento en la cuestión de qué somos. Desde luego, debe ser claro para quien genuinamente se pregunta por qué debe hacer, que respuestas inmediatas de qué somos: por especie, género, edad, clase social y demás clasificaciones, no proporcionan ningún esclarecimiento existencial. Ninguna respuesta dada por ninguna autoridad en tema alguno debiera ser tomada como respuesta …

Qué chulada de maíz pinto

Crecí oyendo a mi papá decir con enjundia "¡Qué chulada de maíz pinto!" cuando le veía las piernas a mi mamá y después se las estrujaba con las mega-manotas que Dios le dio.

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