martes, julio 12, 2016

Esto desde luego no es una novela

Entro en una librería porque quiero llenarme de ese algo que me brota cuando veo libros y los ojeo y leo palabras al azar y pienso que hay algo ahí, aunque no sé qué es. 

Muchos libros nuevos, muchos muchísimos que no leeré. Efectivamente, elegir alguno es abandonar cientos. Es azar, es destino. ¡Qué diablos! No sé. 

Tomo uno con título sugerente de entro los recomendados por los libreros. Murakami fue librero, Hesse fue librero… creo. Seguro estos de aquí han de leer mucho. Empiezo por el final, donde aparece la foto de la autora que de tan joven que es siento un golpe de dentro hacia afuera. Se supone que escribiría un libro y no es tan fácil. Pero esta autora, dice en la solapa, escribe en el Metrobus y otros lugares similares. Me duele el orgullo tanto que me pongo a escribir esto en medio de la librería. ¡Qué diablos!

Me gustaría decir que con ser lectora me basta y me sobra. No es así. Yo quiero escribir. Y escribo. No escribo novelas, bloggeo sin ser una bloggera porque para eso se necesitan muchos seguidores. No sé. Quizá si escribiera más de la vida práctica y menos de esto que escribo que no sé qué es. Y es que me choca tener que decidirme por un género, por un campo de conocimiento. Vaya, que uno escribe y ya. ¡Qué diablos!

Me pierdo entre los estantes que mezclan todo tipo de autores: Coelho justo al lado de J. M. Coetzee. En este estante bien podría estar Coss… Sueños, ¿qué haríamos sin ellos? No todos los publicados deberían escribir, se cuelan unos y se olvidan cientos. En este mundo somos tantos que de los pocos que recordamos, olvidamos mucho más que cientos. Me pregunto si es tan imprescindible ser recordado o podría bastarnos con haber disfrutado la vida tal y como se da. Creo que lo último sería lo más sensato. 

Me voy por un café y a pensar entre libros un rato, otro pensar distinto al de todos los días. Voy a soñar. 

sábado, julio 02, 2016

Nostalgia de simplicidad

Hubo una vez una época en que la vida me resultaba simple. Desde luego, en aquella época no sabía que experimentaba la simplicidad, sólo vivía y al hacerlo mis días se llenaban, es decir, a ningún día le faltaba nada por hacer.

La simplicidad nada tiene que ver con el sentido del logro, al contrario, éste la asfixia. Quien pone sus ojos en el logro reduce la ventana por donde ve la vida y la convierte en un túnel estrecho completamente iluminado donde no es posible el descanso.

En el túnel sólo se ve lo que previamente se ha decidido ver, el túnel es la creación máxima de la consciencia, es su capacidad de enfocarse para conseguir lo que desea y poner "a la luz" aquello que requiere para su consecución. La consciencia estrecha pero creemos que expande por que el túnel en su estrechez parece cada vez más largo. Conocer no es expandir los horizontes sino especializar la vista en determinados puntos. Este es el camino estéril que vislumbró Walter Benjamin, camino del que, como bien escribió Heidegger, sólo un dios puede salvarnos.

La nostalgia de algo distinto llega. Y llega porque la estrechez al pretender olvidar lo simple, lo llama. El túnel se agrieta, la oscuridad se cuela, el misterio se asoma queriéndonos despojar de las veneradas certezas. El misterio nos arranca las palabras, los deseos, las necedades y necesidades creadas. Despojados nos regala lo simple.

En lo simple no hay nada por hacer, no hay nada que falte. El sol en la piel colma, el sonido de la lluvia calma, el ladrido del perro a lo lejos te acompaña, las estrellas son sólo estrellas, la vida no tiene agenda y cada momento es el momento perfecto y nada falta.

En mi túnel siento nostalgia, nostalgia de confianza. No confianza de que se harán las cosas que se tengan que hacer, sino confianza en lo oscuro donde no hay nada dicho, donde no hay nada documentado, donde no hay guías; confianza de abrir los brazos, expandir el pecho y vivir cada momento por su momento mismo.

domingo, abril 24, 2016

La noche

A veces la felicidad sabe a nostalgia.

A veces de noche se ve mejor, pero porque es de noche deduces que no ves.

A veces los sueños que te hicieron pensar en el futuro, hoy te impiden ver más allá.

A veces el más allá está dentro de tu piel.

A veces no es tiempo de nada, porque nada de lo que pudieras haber pensado puede acontecer ahora.

La noche siempre llega, es la mayor de las promesas. Y porque te es incondicional la evades. Pero la noche es cobijo, es silencio que calma, es abrazo y cercanía. La noche reúne lo que sucedió en el día y en todos los días y todas las otras noches. La noche te hace uno y al cerrar los ojos cansado no puede prometerte otra cosa que otro comienzo, el volverte a darte a ti mismo al día en un giro que te vuelve a poner ahí, para ti.

En la noche no hay porqué asir nada, todos tus fantasmas aparecen para decirte que los dejes ir.

La noche es el tiempo del amor que sabe a nostalgia.

viernes, abril 22, 2016

No me hallo

Así dicen cuando quieren decir que el confortable mundo familiar en el que ya se tenía algún dominio, se está desacomodando. "No me hallo" es la manera en que con una oración tratamos de jalar aire desesperadamente, una manera de invocar el orden.

No me hallo. Quiero decir no siento que fluya. Heidegger no pensó en esta disposición anímica con la que el ser interrumpe la cotidianidad y te muestra el lado oscuro: el caos mental, la inutilidad patente de la voluntad. —Qué bien que quieras porque no se trata de querer sino de resistir. 

Aquí no hay nada nuevo. Aquí se libran las mismas batallas de siempre: las del querer, las del sentir y las del pensar. Existencia, le llaman. 

Pero como bien clama la canción de Depeche Mode todo parece: Wrong! Too wrong!: wrong side, wrong time, wrong place, wrong questions with wrong replies…

Y entre más se lucha por el orden más crece el caos. 

Hay que esperar, respirar, guardar silencio.

jueves, abril 14, 2016

Me quiero de vuelta

Hace tiempo no era tan difícil escribir. Ahora es una tortura sentarme para escribir algo más que notas, pensamientos breves y referencias. De productora, ya sea buena o mala, me he convertido en acumuladora: colecciono lecturas que me dicen cosas pero de las que ya no puedo decir nada.

Antes no me importaba, escribía lo que me parecía, así como me venía a la cabeza, o a los dedos si quien me haya leído pudiera llegar a pensar que nunca paso lo que escribí por mi cabeza. No importa, la cuestión es que escribía y lo disfrutaba aunque me desbordara una ansiedad al hacerlo.

En mis primero años estudiando filosofía, escribía ensayos con las ideas que me provocaban los filósofos en turno. Sentía un llamado de atención sobre algún punto y de ahí me colgaba. Pero luego llegó la tesis y con ello la rigurosa revisión y empecé a perder la confianza en lo que quería decir. Estaba cierta de lo que quería escribir, así me sentía, pero parece que en realidad estaba escribiendo algo que no era filosofía (ni literatura, ni nada). Y me alineé y ajusté mi querer decir al "dice fulanito pensador qué…" Y luego vino el examen para entrar a la maestría y las entrevistas con los señores doctores y esa sensación de no-sé-nada-de-nada. Ya en la maestría me encuentro más dudosa y más coloquial en mis comentarios de lo que están acostumbrados en el posgrado y aunque presiento que entiendo parece que no entiendo nada. La tesis de la maestría se ha vuelto en un verdadero martirio porque no basta con que quiera decir algo sino que se tiene que ajustar a un área determinada y tiene que ser detallada respecto a lo que digan selectos autores que tardaron toda su vida en decir algo que yo quiero resumir en unos cuantos párrafos —sacrílega de mí.

Y abrí un libro de Murakami y empecé a leer y de pronto me acordé de todo lo que sentía cuando estaba acompañada de un libro y sentía una urgencia de escribir y suspirar y soñar. Y ya con la puerta entreabierta una clase de Heidegger hace una pausa para hablar del canto y la poesía y me acordé de ese lugar que solía habitar. En ese lugar uno comulga, el lenguaje se presenta sin evaluaciones, las oraciones no buscan un reconocimiento y mucho menos una validación, sólo quieren decir. Me acordé de mí.

¿Por qué es tan difícil decir lo que uno quiere como quiere, cuando no se tiene un "nombre" que a los ojos del mundo respalden lo dicho? ¿Por qué esas ganas de la sociedad de conformarlo todo para que luzca lo mismo y además luego lo tachen porque no dice nada nuevo?

Quiero escribir yo cuando escribo, quiero sentirme cuando lo hago y quiero ser yo quien te detenga entre líneas. Quiero decir "espacio" y no tener que explicarlo a los ojos de X o Y. Quiero entender la nada y el tiempo y no tener que explicar porque la nada nadea y el tiempo temporiza a la luz del parágrafo Z o desde la perspectiva del primero o el segundo Heidegger, porque no importa Heidegger sino la nada y el tiempo.

Me gustaba cuando leía sin saber a quién leía, me gustaba cuando me perdía entre las sensaciones que refería con colores, formas y canciones. Quizá ya esté lista para valorar esa nada en la que me perdía y que como era nada, no la podía compartir y las manos se me ponían frías.