lunes, 10 de junio de 2013

Melodía afónica de media noche

Vengo a tratar de olvidar, a buscar la quietud del fondo blanco y el cursor titilante. Estoy aquí buscando el sueño tranquilo que se presenta cuando el mañana es cierto. Vengo a dejar mis acertijos, laberintos y divagaciones; quiero dejarlos en prenda y llevarme a cambio ilusiones para verlas mientras duermo. 

Nunca hay soluciones a la media noche. 

Hoy los ángeles están muy cayados. 

Aquí no huele a nada, se oyen las respiraciones de todos los que no tienen pendientes. 

No poder dormir de noche es como estar en el limbo, expurgando los pecados en la soledad a temperatura incómoda. 

No hay nada que verle al refrigerador ni al Facebook. Y no me alcanzan las ganas para leer un libro. Y es que los libros hay que leerlos con café y ánimo de por medio. Tengo a tantos esperando...

Mis mayores preocupaciones no tienen solución. Así es el juego de la vida. Observas tu horizonte y caminas, luego el paisaje cambia y te confundes pero sigues. Después de un largo trayecto, te das cuenta que el horizonte es una ilusión que tú no dibujas y que, además, es inalcanzable. Caminas. No importa si corres, igual no llegarás a ningún lado porque todos los lugares importantes llegan a ti aunque te quedes parado. Pero caminas y anhelas. 

Yo, la que escribe y está despierta, la que mira las sombras de la noche, espero. No sé qué espero. Pero me gustaría saber que ya va a llegar. 

sábado, 8 de junio de 2013

Pasado prestado, pasado vivido

No sucede muy a menudo, pero cuando sucede siento una especie de lástima porque ya no es lo que lo que fue para alguien. Ya no será: el pasado de otro que te es compartido se cuela en tus propias memorias y empieza a extender sus raíces dentro de ti para vivir de tus ilusiones, de esas ilusiones de pasado, de añoranzas sin futuro.

Mi abuela me dio muchas de sus memorias, las plantó muy dentro mío, tanto que al recordarlas me pregunto si no fueron mías. Yo creo que las memorias son de uno cuando vuelven y luego se van a nadar todas juntas y se revuelven y se confunden y cuando las llamas lucen un tanto distintas y las que fueron tu pasado ya no sabes si lo fueron y las que fueron prestadas ya no sabes si en realidad fueron tuyas. Creemos que el pasado nos pertenece pero también nos es dado en préstamo. 

Recuerdo una maleta a la mitad de una calle cercana a una glorieta. El lugar luce desierto. En aquella época había poca gente en la ciudad y podías dejar todo el día tus cosas en la calle y volver por ellas inmaculadas. La maleta pesa, es de piel y le cabe muy poco; aguarda por mí, por mis dedos que se tensan cuando la toman por el asa. Hace calor, quisiera agua y el frescor de una hacienda de techos altos y sacos repletos de granos porque aquí no nos alcanza la revolución. Aquí las alacenas están llenas, cuelgan los jamones entre las botellas de vino que les arrancan las chapas a las muchachas. 

Mi abuela me contaba y yo vivía una segunda vida. 

Recuerdo a mi padre flaco y viejo, más viejo de lo que en realidad era. El hambre avejenta. Salía por semanas para traernos de comer al menos un saquito de maíz con las que mi hermana nos hacia tortitas. Yo le pedía que a la mía le pusiera la basurita que salía cuando limpiaba el maíz, así se hacía más grande mi tortita y no importaba que se me atorara en la garganta. Era muy pequeña y parece que todos mis juegos consistían en estar muy cerca de la tierra, entre las hierbas y las plantas que aprendíamos a comer. 

Cuéntame abuelita, le decía. Y ella se perdía entre sus memorias y sacando de una en una, me las fue regalando todas. Mi mamá ha seguido con la labor y desempolva para mí los recuerdos de su madre que ahora vuelve a México para encontrar a mi abuelo. 

Y en las pausas, que duran años, miro las calles, los mercados, la iglesia y la política de ahora. Ya no tienen espacio aquí los momentos de ayer. Mi abuela se está difuminando junto con los campos perdidos, la confianza y la palabra de honor que antes tenía mucho valor. 

viernes, 7 de junio de 2013

Hay veces

Hay veces que leo las opiniones de mis amigos y se me atoran en algún lugar entre el corazón y el cerebro. Quisiera venir acá corriendo y hablar de lo ridículo de tal idea, de la ignorancia de tal amigo, de la falta de cuestionamiento propio que les hacen replicar las ideas de otros, de la superficialidad, de la espiritualidad "de a peso". En fin.

Pero nunca vengo y escribo, ni le digo a nadie lo estúpido que está sonando. No sé si porque no le veo el caso, si porque creo que cada quien es libre de decir cuanta estupidez se le ocurra, si porque no quiero ofender, si porque me da miedo de perder la amistad. No sé. 

Hay veces, como hoy, que no sé si peco de crítica o de rígida. Y no digo nada y me muerdo los labios y aprieto los dientes y pienso que si eso escriben mis amigos, no quiero saber lo que dicen los que no lo son. Digo, por algo son mis amigos, compartimos formas de ver el mundo. 

A veces creo que por eso me la paso entre libros y por eso mismo sólo puedo conversar realmente, discurrir, con muy pocas personas. 

Quizá algún día me de el ánimo suficiente para escribir sobre animales, mascotas y antropocentrismo. Quizá otro día diga algo sobre existencialismo convertido en New Age y el menosprecio por lo espiritual vs. el menosprecio de la razón. Pero hoy no. Hoy siento que la haría de justiciera como si sólo yo tuviera la verdad y es claro que no la tengo. 

Quizá pueda algún día saturarme de amor y hablar desde ahí. O quizá entonces me de cuenta que no hace falta decir nada directamente y en cambio contar simplemente una historia o hacer muchas preguntas. 

Hay veces, como hoy, que me doy cuenta lo mucho que me hacia falta la literatura y la filosofía, de los malos hábitos que se me quedaron de andar dogmatizando como quien sale a conquistar el mundo haciendo uso de la más estúpida violencia.

viernes, 31 de mayo de 2013

Las colonias de la Ciudad de México

Últimamente me ha entrado la nostalgia por la colonia en la que crecí. A veces los olores o los sonidos que ocasionalmente ocurren en donde ahora vivo me llevan allá que parece muy lejos aunque estén en la misma zona de la ciudad.

El ruido de los coches a lo lejos, las voces de los vecinos, los perros que ladran, los pájaros que me acompañan mientras despierto, me hacen sentir "de vuelta en casa". Una especie de seguridad me reconforta y me pongo a mirar el techo, como lo hacía de niña, imaginando que se transforma en el piso.  Supongo que hay cosas que nunca se van de ti, que marcan tus peculiaridades, tus datos curiosos, el sabor que le das al rumbo que tomas. 

En dónde vivo ahora ya no hay parques donde leer o columpiarse, ya no oigo el grupo de salsa practicando por las tardes, ya no hay panadería en la esquina, ya no puedo gritarles a mis abuelitos desde mi ventana. A cambio se ha ido también el miedo a los temblores, los perros que no me dejaban pasar y el miedo a la noche. Ahora tengo dos perros, los dos primeros de mi vida y quizá sean los dos últimos. Me pone un poco triste que ya no huela a galletas, pero poco a poco se va convirtiendo en mi hogar, quiero decir, poco a poco voy reconociendo sus particularidades: su frío y su humedad un tanto evidentes, el polvo persistente y su gusto a pueblo. 

La Ciudad de México tiene muchos perfiles, incluso los tiene cada delegación. Es una ciudad complicada, de muchas costumbres que entre colonias no se comparten y que pierdes cuando te mudas, como si te fueras a otro país. 

Mi vida ha ido cambiando mucho en sus formas. Me parece bien no por resignación, sino por descanso. Ya no tengo miedo aunque tampoco tengo certezas ni costumbres. 

¿Por qué la nostalgia? No sé. Quizá mañana lo descubra. 

miércoles, 1 de mayo de 2013

De descanso

Últimamente me he sentido como sí "mi batería" se drenara espontáneamente. A veces ha sucedido en varios días consecutivos al punto de que mi humor cambiara de desinterés a molestia. Supongo que todos tenemos ciclos y la mayor parte del tiempo no nos damos cuenta, quiero decir, pasamos de un ciclo a otro con la mente puesta en otro lado: las tareas pendientes, las vacaciones que quisiéramos tomar, la ropa que nos falta, las relaciones a punto de romperse, los sueños perdidos... en fin, siempre hay algo que falta o que sobra. Parece que ahora me pongo más atención.

Estoy aprovechando que mi energía anda en nivel óptimo, para escribir un poco aún cuando no siento el impulso insostenible que a veces me arroja al teclado.

Si estuviéramos cara a cara, en tiempo real, ya habríamos pasado varios momentos, desde que comencé a escribir este post, mirándonos sin decir nada, habríamos compartido varios silencios incómodos porque uno no puede estar simplemente en silencio y menos con alguien enfrente mirándole a la cara. Quizá no hubiéramos pasado más de uno de esos lapsus juntos.

Hoy estoy dispuesta a "faire la grasse-matinée" (expresión francesa lindísima que engloba quedarse en cama a desayunar y leer, con un estado de ánimo placentero, despreocupado e indulgente). No siempre se puede, pero cuando se puede no hay que negarse el placer. Los días de asueto no son sólo para hacer todos los pendientes, también los podemos usar para descansar.

Ha estado rondándome la idea de que cuando uno hace algo con amor, es como sí uno encapsulara en ese hacer el amor mismo para luego ser desencapsulado por otro. El amor no se puede ocultar, ni perder, ni difuminar. Cocinas con amor, el estómago que recibe lo que preparaste siente amor. No hablo de que hagas algo por amor a alguien más, sino que amas lo que haces y disfrutas mientras lo haces.

¿Han visto la cara de un músico que se entrega en cuerpo y alma a una pieza musical? ¿Han oído la voz que tiembla de emoción cuando un escritor lee y revive lo que antes escribió? ¿Han visto los ojos de quien te recibe en el alma? Claro, claro, para darse cuenta necesitan amar el estar ahí y entregarse al instante por completo.

domingo, 14 de abril de 2013

Comida y placer

Cuando digo que me encanta comer, no lo digo como el placer básico de saciar un estómago hambriento, sino el placer de descubrir el mundo entero y conectarse con "algo más" a través de la comida, no a través de los alimentos, de la comida.

La comida puede trasladarme de un estado depresivo al éxtasis. Comer cualquier cosa puede llevarme de estar bien a sentirme de lo más mal. Ojalá esto fuera suficiente para proveerme de la comida-ambrosía, pero no, soy humana y tengo mis grandes limitantes: muchas veces cómo sólo por que es hora o porque no hay nada mejor cerca o porque es más barato; luego sufro las consecuencias que a veces duran más de un día.

El cuerpo es la vía que nos posibilita todas las experiencias, mantenerlo en las mejores condiciones nos permite gozar, experimentar, aún más. El mantenimiento del cuerpo se realiza en varias áreas: la escucha, el acicalamiento, el ejercicio, el descanso, y la comida.

El placer a través de la comida va más allá de la ingestión de dulce y grasa... mucho más allá. El dulce y la grasa dan un placer inmediato, proveen de energía inmediata que se convierte un problema cuando uno no se dispone a hacer ejercicio sino a reposar. El placer inmediato se ve terminado con el sufrimiento a largo plazo.

Procurarse alimentos que dan placer a la vista, al olfato y al gusto, y que, además, garantizan el bienestar posterior es todo un arte y, por ello, toda una forma de vida gratificante.

Me encanta comer. Me molesta cuando lo hago mal y me causo daño. Me molesta tener dolor de estómago, de cabeza o sentirme incapaz de salir a correr.

Me encanta comer cuando justo lo que ingiero empieza a transformar toda mi visión del mundo y me siento viva. Me encanta recibir las bendiciones de tantas manos detrás de lo que como, del amor que un vitivinicultor le da a su vino, por ejemplo. Me gusta cuando el acto d comer es un acto de gratitud a la vida y a cada uno de los eventos que hicieron posible que yo beba un café, coma una galleta, me deleite con zanahorias y aún más cuando mi mesa luce divina y la música ambienta tan magnífico evento, como cuando un dios bebe ambrosía.

jueves, 11 de abril de 2013

El principio antagónico


Hay, en el hombre, un principio antagónico que puede comprenderse como dos modalidades: being-mode y doing-mode. Estas dos modalidades constituyentes han sido mencionadas en diversos textos filosóficos, de ciencias cognitivas e incluso literario-mitológicos como el Popol-Vuh.

Ellas, se han privilegiado en una suerte de ley pendular. De hecho, se han llegado a considerar como dos ojos que deben ser usados alternadamente para "ver" al mundo de una u otra manera, pero, ¿es posible la irrupción de una mirada en la otra como posibilidad de una nueva dimensión?

Ser agente o paciente, luz o sombra, análisis o síntesis, reflexión o experimentación... alternadamente provee tanto movimiento como zozobra, angustia. ¿Es la elección de una u otra seguir privilegiando la acción? ¿Por qué no ambas: mirar de una forma sin olvidar la otra?

La siguiente cita la tomé de George Steiner en Después de Babel para usarla como imagen a manera de respuesta tentativa:

«Sólo desafiando la autonomía divina, invadiendo el "espacio de los dioses", puede el hombre realizar su potencial de trascendencia, y obligar a los dioses a observar y consumar sus ambiguas semejanzas con el orden de los mortales.»

Sólo trayendo a los dioses al "espacio de los hombres", desafiando a la lógica, puede el hombre realizar su potencial de trascendencia, y obligar a la ilusión de lo aparente a distanciarse y consumar sus ambiguas semejanzas con el orden de los dioses.