Puedo resistir un convivio
Hoy me invitaron a un convivio post-congreso filosófico. Me armé de valor —porque necesito de mucho valor para ponerme entre extraños con los que no sé de qué puedo hablar, a no ser que siga con el tema del congreso—, también me armé de una botella de vino tinto y de una precarga de música italiana por si se necesitaba.Llegué tarde, supongo que estuvo mejor así. En lo que ellos hablaban yo comía y sonreía a ese hablar de nada o small talk —también los filósofos tienen ese tipo de pláticas—. Por cierto que en cuestión de pláticas sociales, nunca se me ocurre algo de qué hablar al vuelo.
De suerte, los anfitriones eran una cosa de lo más deliciosa, genuina y amable, así que no me sentí demasiado ajena.
Cantamos, bueno, más bien cantaron. Luego, la lluvia marcó una pausa y toda la dinámica cambió. De una reunión de unos veinte, acabé en un cuarteto hablando de mi experiencia viva del aburrimiento heideggeriano. Me escucharon un rato, luego advino el silencio.
Entonces, una niña entra a la sala y empieza a tocar el piano, todos nos olvidamos de mantener la cordialidad entre desconocidos, nada hay como escuchar música y guardar silencio.
Qué difícil prueba. Intento socializar una y otra vez, pero siempre experimento una intensidad interior que no soporto por mucho tiempo. Ahora lo acepto y no me fuerzo demasiado.
Salgo no sin antes despedirme de todos, cosa que también me es muy difícil. Pero lo logro, me digo, esta vez no me escabullí como si me hubiera robado algo.


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