Escritora (la fantasía)



Estuve visitando una librería, en un ejercicio de reconocimiento de mi estado actual. 

¿Cuándo fue la última vez que visité a los libros? Hace años, seguro. 

Mi actitud ante los libros siempre ha sido un fuerte indicador de mi propio ser. Cuando mi existencia ocurría bajo el contexto de “yo, ingeniera”, una vista a los libros me dijo que mi interior ya no entonaba con la computación: rehuía los libros técnicos como si de gusanos se tratase. Entonces, encontré hogar en la literatura universal. Y luego, mi mirada brincó a la estantería de filosofía. Era muy feliz entre ese modo de acomodar el pensamiento. 

No duré mucho en la sección “Filosofía”, en todo caso, no duré lo que había planeado, lo que hubiera deseado. 

Sucedió que un día ni siquiera podía estar en una librería. El solo hecho de estar entre libros me asfixiaba, consumía toda mi energía (que era poquísima). Me sentía perdida, sin saber para dónde ir. 

Leer, para mí, va pegado a escribir. He intentado “aprovechar” mi tiempo de indefinición, escribiendo. La experiencia ha sido difícil, también el ritmo y el lugar desde donde escribo han cambiado. No he podido concretar nada desde que me despegué emocionalmente de los libros. Mi mente brinca sin parar. En fin.

A lo que iba. En esta ocasión pude estar más tiempo en la librería, aún sin sentirme del todo despierta en mi emocionalidad creativa. Vi un libro autobiográfico de una escritora cuya producción me es desconocida. El libro tenía unas fotos de ella. Una en particular me atrapó. Se trataba de la escritora en una mesa larga frente a una máquina de escribir. “Qué sugerente. Qué romántico. La idea que nace en mí a partir de la foto está lejos de mi propia experiencia escribiendo. Bueno, tengo la mesa… ojalá tuviera la conexión”, algo así pensé en un instante. 

¿He querido escribir más por la imagen romántica que por mi vocación? No quiero contestar. A lo mejor nada más me sale la pregunta por problematizar mi existencia. 

Pero, esta vez pude estar en la librería sin sentir el impulso inmediato de abandonarla. Estoy cambiando. Qué alivio. 

Ahora no hay una sección en especial que me llame la atención. Hay varias. Los libros que me llaman no son por su corriente sino por su tema, un tema que no puedo nombrar con exactitud. 

Y así, cuando escribo, no es sobre una idea en especial ni un estilo. No sé de qué escribo, solamente lo hago y luego me voy enterando. 

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