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Felizmente no soy tan distintamente única

Indudable es que cada uno de nosotros, cada cosa, cada acto, es absolutamente único y por consiguiente irrepetible. Y esa irrepetibilidad, esa cualidad de ser único, uniqueness, es justamente la que nos hace sentir tan solos.

La soledad duele cuando no nos podemos encontrar en el otros, cuando no podemos identificarnos con algo, cuando no hay espejo en el cual reflejarnos. Y, entonces, nos moldeamos, nos obligamos a entrar en espacios que nunca serán enteramente "nuestros". Nuestro espacio, nuestra casa, la tenemos que construir nosotros mismos y, además, estar dispuestos a abandonarla. Somos en realidad seres nómadas de nuestra propia morada que construimos una y otra vez. La peor aberración en contra de nosotros mismos es querer arraigarnos en una identidad, una idea, una creencia; en desproveeremos de nuestra capacidad de ser.

Y, sin embargo, en medio de la soledad un buen día descubres que todas tus particularidades son compartidas de alguna manera con varios otros, como si tu ser se reflejara diseminado en las personas menos pensadas. Quisieras verte reflejado por completo en un ser para luego convertirlo en especial, pero ello no es posible, los caminos sólo se cruzan y cada uno cambia a su propio ritmo y de su propia manera.

Pero de cualquier manera, en cada cruce en el que descubres que compartes algo, como el estremecerte ante el texto de un pensador filosófico, en esa rareza que pensabas sólo tuya, pruebas un poco de la felicidad de ser con alguien, aunque sean unos minutos.

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