Otra vez la muerte

Sólo podemos hablar de la muerte en tercera persona. Ella es la última vivencia de la que no podremos hacer experiencia pues nunca nos será dado el poder narrarla ni siquiera a nosotros mismos: en su conclusión no hay un "sí mismo".

Pero desde el punto de vista de aquel que ve la muerte de los otros, se puede decir mucho. Cada muerte llega para sorprender, nunca se habrán tenido suficientes experiencias de la muerte de los otros para tomar con soltura la siguiente muerte. Nunca tendremos suficiente de la experiencia, siempre habrá oportunidad de que nos tome por sorpresa y que tengamos que dedicar un tiempo a reflexionar sobre lo que nos sucede adentro por la muerte del otro. Porque, lo que sucede afuera, eso, bien puede aprenderse, bien se puede seguir un camino probado antes. 

Que el otro se muera va más allá de preparar servicios funerarios, cerrar "oficialmente" las relaciones con el mundo que deja el otro: finiquitar asuntos, reconfigurar la vida de todos los días.

La muerte del otro nos presenta siempre un vacío, la nada delante de la  certeza de la muerte propia. Es un "poke" sobre nuestro hombro para que no nos olvidemos de ella, es la certeza de "en cualquier momento yo..."

El llamado de atención es mayor en cuanto más compartimos con el individuo que ya no está. En cuanto más nos vemos en él. La muere del otro significativo para nosotros es también la muerte de una parte nuestra: una relación con el mundo que perdemos y cuya ausencia nos demanda una nueva significación de nosotros mismos. 

La muerte me espanta. La muerte me acecha. Ahí está el evento ineludible. Y yo sigo aguardando a que la felicidad llegue mañana, porque he sido incapaz de luchar por ella ahora. 

Visto así, la felicidad está donde en completa concordancia con mi ser, me manifiesto y me acepto y me amo

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