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Las colonias de la Ciudad de México

Últimamente me ha entrado la nostalgia por la colonia en la que crecí. A veces los olores o los sonidos que ocasionalmente ocurren en donde ahora vivo me llevan allá que parece muy lejos aunque estén en la misma zona de la ciudad.

El ruido de los coches a lo lejos, las voces de los vecinos, los perros que ladran, los pájaros que me acompañan mientras despierto, me hacen sentir "de vuelta en casa". Una especie de seguridad me reconforta y me pongo a mirar el techo, como lo hacía de niña, imaginando que se transforma en el piso.  Supongo que hay cosas que nunca se van de ti, que marcan tus peculiaridades, tus datos curiosos, el sabor que le das al rumbo que tomas. 

En dónde vivo ahora ya no hay parques donde leer o columpiarse, ya no oigo el grupo de salsa practicando por las tardes, ya no hay panadería en la esquina, ya no puedo gritarles a mis abuelitos desde mi ventana. A cambio se ha ido también el miedo a los temblores, los perros que no me dejaban pasar y el miedo a la noche. Ahora tengo dos perros, los dos primeros de mi vida y quizá sean los dos últimos. Me pone un poco triste que ya no huela a galletas, pero poco a poco se va convirtiendo en mi hogar, quiero decir, poco a poco voy reconociendo sus particularidades: su frío y su humedad un tanto evidentes, el polvo persistente y su gusto a pueblo. 

La Ciudad de México tiene muchos perfiles, incluso los tiene cada delegación. Es una ciudad complicada, de muchas costumbres que entre colonias no se comparten y que pierdes cuando te mudas, como si te fueras a otro país. 

Mi vida ha ido cambiando mucho en sus formas. Me parece bien no por resignación, sino por descanso. Ya no tengo miedo aunque tampoco tengo certezas ni costumbres. 

¿Por qué la nostalgia? No sé. Quizá mañana lo descubra. 

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