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«¿Qué país es éste, Agripina?»

Los hombres y las mujeres que han crecido se han ido porque lo que miran no les gusta y porque la vida es muy corta para intentar cambiar lo que no quiere cambiar. Otros se han hecho a la idea de como están las cosas y nada más se reacomodan de vez en vez para ir capoteando el eterno mal temporal y hasta ir sacando ventaja de donde otros sólo sacan sufrimiento.

Aquí hay quien vive de lo que se mueren otros y además ello es causa de mucho orgullo, porque el que vive bien es más inteligente, más astuto y hasta más espiritual. También están un montón que creen que viven bien cuando no hacen sino sobrevivir y de tanto golpe se resisten a despertar al dolor a viva piel.

Los adormilados rechiflan a quienes intentan despertarlos. Los acomodados se incomodan ante la leve posibilidad de un cambio de su mundo controlado. Los hambrientos a penas tienen fuerza para mantenerse vivos y en la muerte no ven sino esperanza. Aquí hay quien puede y no quiere, y quien quiere y no puede... entonces la voluntad se va apagando y la apatía obligada va pudriéndolos a todos por dentro.

Aquí nadie ayuda a nadie porque es como el Luvina rulfiano.
»—¿Dices que el gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú conoces al gobierno?
»Les dije que sí.
»—También nosotros lo conocemos. Da esa casuallidad. De lo que no sabemos nada es de la madre del gobierno.
 Las teorías de la razón del Estado, dan risa por acá. A muchos les ha dado por mejor creer que el trabajo, todo, lo tiene que hacer uno y de todas maneras alimentar a los parásitos que muy lejos (muy lejos) están de la figura que al menos debería terminar con el estado de guerra en el que muchos se han acostumbrado a vivir (porque si viviéramos en paz, podríamos caminar a cualquier hora por cualquier lugar sin temor a ser despojados de nuestra humanidad).

«¿Qué país es éste, Agripina?»

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