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¿Qué crea el filósofo?

Antes de siquiera saber qué era filosofía me encontré con una novela que describía con dos palabras mi estado natural, aunque poco refinado, de dudar y pensar; esas acciones eran asignadas a un ser particular: el filósofo. Vaya, el descubrimiento fue tranquilizador: “mi mal” —malentendido, criticado y hasta provocador de miradas de compasión en aquellos que primero actúan y luego averiguan— resulta no ser tan malo sino más bien una cualidad que nunca había visto como vocación. En La aventura de pensar, Savater dice muy bien que la filosofía nace de las catástrofes personales, que un día te pasa algo que te despierta y te convierte en filósofo: usas el amor a la sabiduría como una herramienta que te ayuda a cuestionar.

A ver, si el filósofo duda y piensa entonces no crea: cree. Con sus creencias, construye una red de conocimiento con la que se explica lo que ve, con la que filtra lo irrelevante de las oleadas de información propias de esta era. El crear es una producción externa, el creer es una producción interna; éste es el intríngulis del filósofo en el mundo que evalúa de acuerdo a resultados, en el mundo que no se detiene y en donde se aprecia lo inmediato.

Haber encontrado a la filosofía hasta ahora me permitió ejercer como profesional de lo práctico y luego abrirme paso hacia dos ramas que piden a gritos el uso de la intuición y la razón: la innovación y la planeación estratégica. En estos temas, me parece que el filósofo, más que cualquier otro profesional puede actuar como impulsor de la innovación por su capacidad de imaginar, anticipar, abstraer y extrapolar. Pero otra vez, esas ramas en México apenas y son exploradas, sencillamente por la sensación de falta de tiempo que alimenta el sólo resolver lo urgente.

Yo veo al filósofo como aquel capaz de concebir (producción interna) algo que otros profesionales darán a la luz (producción externa). Pero esta es decisión del filósofo porque también tiene la posibilidad de seguir escribiendo filosofía para filósofos.

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