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Lo que vale la pena (si hay algo de pena en ello)

Cuando me desvío y me encuentro leyendo filosofía, periodismo o literatura, comparándome con cualquier tipo de autor, parece que nada de lo que hago tiene sentido porque nunca de los nuncas seré ellos. El estilo con el que arman oraciones, el análisis, la obsesión, el público, el alcance, el objetivo y todo aquello que los sostiene por debajo para que hagan lo que hacen, nada de eso es mío.

Solía pensar, para darme ánimos, que Kant, nunca se dijo "Seré Kant" y se esforzó en ser el filósofo capaz de escribir una obra por años siguiendo un plan cuidadosamente trazado. Kant simplemente fue él y su esfuerzo estuvo justamente en ser él. Que haya resultado en lo que resultó, que lo veamos ahora a la distancia y nos asombremos de él, no corresponde al proyecto de Immanuel como "Kant". A lo más uno tiene el proyecto de seguir un llamado que bien puede mantenerse o verse sometido a tempestades capaces de desviarle a uno de uno mismo.

El imaginarse a uno mismo sobre un pilar puede ser un motivo al inicio que eventualmente se torna en la más pesada de las cargas. No toda visión de uno mismo tiene el carácter de profética y al hacerse de una para sí mismo puede resultar en grillete más que en impulso. Porque, me parece, uno no es una visión, uno es y la motivación viene de ser eso que en sí mismo y por sí mismo quiere ser.

Cuando me reencuentro y escucho música, la música me muestra lo que quiero ser. No, no quiero ser ni la música en sí, ni el músico, ni el intérprete ni nada en concreto. Lo que quiero ser es eso que siento cuando escucho la música. Quiero ser lo que siento. Quiero que ese querer se manifieste, brote y sea la luz que me inspire a seguir permitiendo que sea ese brotar.

Cuando en este estado de reencuentro pienso en la claridad mental de Kant, en la insistencia de Heidegger, en la abismosidad de Kierkegaard, en los mundos de Tolstói, en la humildad de Benedetti, en la dimensionalidad de Murakami… pienso justamente en lo que siento. Cuando me desvío sólo veo nombres inalcanzables puestos ante mí para demostrarme lo que nunca seré.

Cuando me animo a escribir, por un momento me dejo ser en el reencuentro y en cada línea me dejo para luego volver y encontrarme como ese sentir que quiere ser. Que sea de todo esto, no sé. Pero si te alcanza habrá valido la pena.

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