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Nostalgia de simplicidad

Hubo una vez una época en que la vida me resultaba simple. Desde luego, en aquella época no sabía que experimentaba la simplicidad, sólo vivía y al hacerlo mis días se llenaban, es decir, a ningún día le faltaba nada por hacer.

La simplicidad nada tiene que ver con el sentido del logro, al contrario, éste la asfixia. Quien pone sus ojos en el logro reduce la ventana por donde ve la vida y la convierte en un túnel estrecho completamente iluminado donde no es posible el descanso.

En el túnel sólo se ve lo que previamente se ha decidido ver, el túnel es la creación máxima de la consciencia, es su capacidad de enfocarse para conseguir lo que desea y poner "a la luz" aquello que requiere para su consecución. La consciencia estrecha pero creemos que expande por que el túnel en su estrechez parece cada vez más largo. Conocer no es expandir los horizontes sino especializar la vista en determinados puntos. Este es el camino estéril que vislumbró Walter Benjamin, camino del que, como bien escribió Heidegger, sólo un dios puede salvarnos.

La nostalgia de algo distinto llega. Y llega porque la estrechez al pretender olvidar lo simple, lo llama. El túnel se agrieta, la oscuridad se cuela, el misterio se asoma queriéndonos despojar de las veneradas certezas. El misterio nos arranca las palabras, los deseos, las necedades y necesidades creadas. Despojados nos regala lo simple.

En lo simple no hay nada por hacer, no hay nada que falte. El sol en la piel colma, el sonido de la lluvia calma, el ladrido del perro a lo lejos te acompaña, las estrellas son sólo estrellas, la vida no tiene agenda y cada momento es el momento perfecto y nada falta.

En mi túnel siento nostalgia, nostalgia de confianza. No confianza de que se harán las cosas que se tengan que hacer, sino confianza en lo oscuro donde no hay nada dicho, donde no hay nada documentado, donde no hay guías; confianza de abrir los brazos, expandir el pecho y vivir cada momento por su momento mismo.

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