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Me quiero de vuelta

Hace tiempo no era tan difícil escribir. Ahora es una tortura sentarme para escribir algo más que notas, pensamientos breves y referencias. De productora, ya sea buena o mala, me he convertido en acumuladora: colecciono lecturas que me dicen cosas pero de las que ya no puedo decir nada.

Antes no me importaba, escribía lo que me parecía, así como me venía a la cabeza, o a los dedos si quien me haya leído pudiera llegar a pensar que nunca paso lo que escribí por mi cabeza. No importa, la cuestión es que escribía y lo disfrutaba aunque me desbordara una ansiedad al hacerlo.

En mis primero años estudiando filosofía, escribía ensayos con las ideas que me provocaban los filósofos en turno. Sentía un llamado de atención sobre algún punto y de ahí me colgaba. Pero luego llegó la tesis y con ello la rigurosa revisión y empecé a perder la confianza en lo que quería decir. Estaba cierta de lo que quería escribir, así me sentía, pero parece que en realidad estaba escribiendo algo que no era filosofía (ni literatura, ni nada). Y me alineé y ajusté mi querer decir al "dice fulanito pensador qué…" Y luego vino el examen para entrar a la maestría y las entrevistas con los señores doctores y esa sensación de no-sé-nada-de-nada. Ya en la maestría me encuentro más dudosa y más coloquial en mis comentarios de lo que están acostumbrados en el posgrado y aunque presiento que entiendo parece que no entiendo nada. La tesis de la maestría se ha vuelto en un verdadero martirio porque no basta con que quiera decir algo sino que se tiene que ajustar a un área determinada y tiene que ser detallada respecto a lo que digan selectos autores que tardaron toda su vida en decir algo que yo quiero resumir en unos cuantos párrafos —sacrílega de mí.

Y abrí un libro de Murakami y empecé a leer y de pronto me acordé de todo lo que sentía cuando estaba acompañada de un libro y sentía una urgencia de escribir y suspirar y soñar. Y ya con la puerta entreabierta una clase de Heidegger hace una pausa para hablar del canto y la poesía y me acordé de ese lugar que solía habitar. En ese lugar uno comulga, el lenguaje se presenta sin evaluaciones, las oraciones no buscan un reconocimiento y mucho menos una validación, sólo quieren decir. Me acordé de mí.

¿Por qué es tan difícil decir lo que uno quiere como quiere, cuando no se tiene un "nombre" que a los ojos del mundo respalden lo dicho? ¿Por qué esas ganas de la sociedad de conformarlo todo para que luzca lo mismo y además luego lo tachen porque no dice nada nuevo?

Quiero escribir yo cuando escribo, quiero sentirme cuando lo hago y quiero ser yo quien te detenga entre líneas. Quiero decir "espacio" y no tener que explicarlo a los ojos de X o Y. Quiero entender la nada y el tiempo y no tener que explicar porque la nada nadea y el tiempo temporiza a la luz del parágrafo Z o desde la perspectiva del primero o el segundo Heidegger, porque no importa Heidegger sino la nada y el tiempo.

Me gustaba cuando leía sin saber a quién leía, me gustaba cuando me perdía entre las sensaciones que refería con colores, formas y canciones. Quizá ya esté lista para valorar esa nada en la que me perdía y que como era nada, no la podía compartir y las manos se me ponían frías.

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