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Domingo

Me gustan los sonidos del domingo, la tranquilidad de un silencio de calles no escuchado entre semana. Me gusta el sonido de la podadora del vecino y la voz calmada de su esposa planeando la comida. Me gusta que puedo oír mucho más que entre semana, que percibo el aproximarse de un camión que va dando vuelta por la esquina de dos calles más arriba. Me gusta que los perros estén retosando y que no ladren porque nadie de fuera pasa por aquí.

La mañana de los domingos es mucho más larga, no hay que ir a ningún lado por fuerza.

El café le da pinceladas placenteras.

El estómago espera algo diferente para hoy.

La mañana de los domingos se extiende más allá del medio día, el pijama se queda por más tiempo conmigo y el cabello se me desparrama por todos lados sin ningún orden en especial.

Los domingos tiene el suficiente tiempo para cortar las orillas del pasto, para quitar la hierba que creció mientras nos ocupábamos de la rutina. El domingo nos da la oportunidad de mirarnos a nosotros mismos con calma y redescubrirnos.

Como me es natural, los domingos también pienso en la comida. Pienso en si será un domingo de sushi, de quesadillas de mercado o de hamburguesa. Si hoy fuera un domingo de reunión familiar pensaría en carne asada... hace mucho que no como carne asada. 

Hoy es domingo de pants, de carrera en el bosque, de baño caliente y otra vez pants. Es día de lectura reposada y de música variada.

Los domingos son el único día que no pienso en mañana, quizá por eso me resulten más largos, quizá por eso me resista a quitarme mi pijama, quizá por eso me consienta —como debiera hacerlo todos los días. 

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