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Melancholia

Una boda, la promesa de un feliz inicio, la prueba de la esperanza puesta adelante. Una promoción en el trabajo, la promesa de que habrá más en la mesa. Pero se asoma la melancolía.

¿Qué puede tener sentido cuando la melancolía ya empieza a tocarte?

Convenciones sociales, programas a seguir, familiares desconocidos, familiares a los que no les importas un carajo y, con fortuna, alguien a quien contarle que sientes que no puedes avanzar. 

A la vista todo, pero nada ya tiene sentido. Y los que se esfuerzan por dárselo siguiendo todos lo cánones, ante el menor desvío desahogan su frustración mostrando como pueden su autoridad. 

Pero nadie ve al otro, sólo tienen ojos para sus vacíos. No pueden ver lo que no les proporciona algún sentido, entonces no pueden ver nada. 

Las sonrisas son para que ellos se sientan bien. No soportarían ver tu melancolía. Casi todos ya están muertos. 

Símbolos, necesitamos símbolos que nos signifiquen, que eclipsen la melancolía. Ritos que nos digan qué hacer para llenar el silencio. Hay que hacer para no quedarse frente a la nada. ¿Qué es esta farsa?

Nos queda el cuerpo para aterrizar el revuelo interior. Pero sólo alcanza para romper de una vez con todo, para irse despojando de relaciones de papel satín. 

Con la melancolía, nada de lo que trates puede cuajar. Necesitas que te lleven de la mano a vivir. 

Hay quien sabe de este absurdo y le refuta frente a otros porque no podría admitirlo, se acabaría ahí mismo su vida de todos los días. Hay quien intuye el absurdo e indaga porque saber de él es mejor que la posibilidad de él. Hay quien no necesita saber o intuir el absurdo para tenerlo dentro ya quitándole los pocos placeres de los que puede hacerse todavía. 

Todo es tan raro. Hasta que uno se entrega a ello. 

¿Quién puede rebelar el absurdo sin condenarse a una culpa incurable? ¿Quién puede sacar al dormido de sus sueños para que vea que va a morir?

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