Ir al contenido principal

Melancholia

Una boda, la promesa de un feliz inicio, la prueba de la esperanza puesta adelante. Una promoción en el trabajo, la promesa de que habrá más en la mesa. Pero se asoma la melancolía.

¿Qué puede tener sentido cuando la melancolía ya empieza a tocarte?

Convenciones sociales, programas a seguir, familiares desconocidos, familiares a los que no les importas un carajo y, con fortuna, alguien a quien contarle que sientes que no puedes avanzar. 

A la vista todo, pero nada ya tiene sentido. Y los que se esfuerzan por dárselo siguiendo todos lo cánones, ante el menor desvío desahogan su frustración mostrando como pueden su autoridad. 

Pero nadie ve al otro, sólo tienen ojos para sus vacíos. No pueden ver lo que no les proporciona algún sentido, entonces no pueden ver nada. 

Las sonrisas son para que ellos se sientan bien. No soportarían ver tu melancolía. Casi todos ya están muertos. 

Símbolos, necesitamos símbolos que nos signifiquen, que eclipsen la melancolía. Ritos que nos digan qué hacer para llenar el silencio. Hay que hacer para no quedarse frente a la nada. ¿Qué es esta farsa?

Nos queda el cuerpo para aterrizar el revuelo interior. Pero sólo alcanza para romper de una vez con todo, para irse despojando de relaciones de papel satín. 

Con la melancolía, nada de lo que trates puede cuajar. Necesitas que te lleven de la mano a vivir. 

Hay quien sabe de este absurdo y le refuta frente a otros porque no podría admitirlo, se acabaría ahí mismo su vida de todos los días. Hay quien intuye el absurdo e indaga porque saber de él es mejor que la posibilidad de él. Hay quien no necesita saber o intuir el absurdo para tenerlo dentro ya quitándole los pocos placeres de los que puede hacerse todavía. 

Todo es tan raro. Hasta que uno se entrega a ello. 

¿Quién puede rebelar el absurdo sin condenarse a una culpa incurable? ¿Quién puede sacar al dormido de sus sueños para que vea que va a morir?

Entradas populares de este blog

¿Qué debemos hacer?

"¿Qué debemos hacer?" Así empieza Cuadernos negros (1931-1938) de Heidegger seguido de otras preguntas que acentúan el carácter de esta primer pregunta: ¿Quiénes somos? ¿Por qué debemos ser? ¿Qué es lo ente? ¿Por qué sucede el ser? Esto es filosofar.

Para los grandes filósofos, hacer la pregunta correcta es lo importante porque es lo que conduce el pensamiento y en último caso la acción. Pero saber preguntar no es sólo cosa de filósofos, es cosa de todos si es que queremos plantearnos de frente y sin evasiones lo más digno de ser cuestionado: el sentido de nuestra existencia a partir del quedarnos sin apresuramiento en la cuestión de qué somos. Desde luego, debe ser claro para quien genuinamente se pregunta por qué debe hacer, que respuestas inmediatas de qué somos: por especie, género, edad, clase social y demás clasificaciones, no proporcionan ningún esclarecimiento existencial. Ninguna respuesta dada por ninguna autoridad en tema alguno debiera ser tomada como respuesta …

Qué chulada de maíz pinto

Crecí oyendo a mi papá decir con enjundia "¡Qué chulada de maíz pinto!" cuando le veía las piernas a mi mamá y después se las estrujaba con las mega-manotas que Dios le dio.

Hasta hace poco no tenía una clara idea de lo hermoso que es el maíz azul (con el que hacen las tortillas azules que saben a gloria) hasta que de golpe lo vi en el mercado de Xochimilco, esta foto no me dejará mentir, su belleza es asombrosa.

Cuando pase el temblor

Tengo “miedo” de que pase el temblor.

He tenido la oportunidad de haber experimentado dos grandes desastres en la Ciudad de México: 1985 y 2017. Con ellos, sus “antes”, sus “durante” y sus “después”. Del “después” del 2017 aún me falta por saber, pero si es un “después” como el de 1985 no quiero que pase el temblor. 
La soberbia y la indiferencia se cultivan en el “antes”. El hombre que se siente dueño de su destino se vive completamente, paradójicamente, a merced de tal destino. El hombre en el “antes” cree que no hay nada que temer y que no hay nada que no pueda conocer; pero este hombre no conoce la humildad. En la ilusión que le hace creer que es dueño de sí, se olvida de sí mismo en sus ocupaciones, en su ajetreada cotidianidad: no hay tiempo para nada más que el repetir una y otra vez su acostumbrado hacer. 
Así que estaba yo observando una mañana de domingo de 1985 mi vecindad y era como si todos estuvieran des-almados. Entonces pensé qué se necesitaría para traerlos a todos d…