Ir al contenido principal

Meg Rose Angel


Uno no sabe de este sentir hasta que no tiene una mascota, hasta que no comparte uno con ella momentos importantes, de esos momentos que voltean tu vida.

Uno no sabe que esperar cuando este particular ser entra en tu vida. No sabe, aunque lea historias, aunque escuche anécdotas, aunque sepa que ella vivirá probablemente menos. Uno no sabe nada, no puede saberlo, porque la experiencia es única en la vida. No hay razones que te salven de este sentir, no hay dónde esconderse. 

La existencia es un regalo enorme aunque muchas veces duela. 

Querer a una mascota es muy distinto a querer a una persona. No se trata de cercanías o de intensidades. Simplemente se siente distinto en el cuerpo. Te toma por entero muy a su manera para quedarse a vivir en ti. Se instala dentro tuyo suave y sigilosa, te ocupa por entero sin que sientas que toma nada de ti. Y cuando se va dejándote intacto el amor, sin palabras, sin súplicas, sin peticiones,... y parece increíble que ya no esté más, no hay culpa más sincera que sientas que esa que toma el lugar de ella por no haber deseado que se quedara aunque su cuerpo ya le fuera todo un lastre. 

Nunca se viven suficientes muertes, nunca se está preparado. Cada vez el avistamiento de la nada te arrebata los sentidos.  

Ahora entiendo la necesidad religiosa del cielo. Una persona te ofrece palabras, te puedes despedir, es más fácil recordarle por cuanto puedes referirte a ella desde el pensamiento. Una mascota, por el contrario, es toda sentimientos, es toda ella una experiencia sensorial, sin diálogos explícitos, de comunicación interior que te arraiga y luego te suelta de una para que vueles. 

Ella no me define ante los otros, ella no le da sentido a mi vida. Ella estuvo sólo aquí para compartirse y para demandar mi atención, para sacarme de la cama, para levantarme del sillón, para hacer que volviera temprano a casa y todo a través de sus ojos y su presencia fuerte. 

Ojalá esté corriendo en una pradera de pasto suave y verde brillante, entre mariposas y cercas para brincar. Ojalá el cielo lo compartamos todos y haya estado ahí mi papá para recibirla. 

Entradas populares de este blog

¿Qué debemos hacer?

"¿Qué debemos hacer?" Así empieza Cuadernos negros (1931-1938) de Heidegger seguido de otras preguntas que acentúan el carácter de esta primer pregunta: ¿Quiénes somos? ¿Por qué debemos ser? ¿Qué es lo ente? ¿Por qué sucede el ser? Esto es filosofar.

Para los grandes filósofos, hacer la pregunta correcta es lo importante porque es lo que conduce el pensamiento y en último caso la acción. Pero saber preguntar no es sólo cosa de filósofos, es cosa de todos si es que queremos plantearnos de frente y sin evasiones lo más digno de ser cuestionado: el sentido de nuestra existencia a partir del quedarnos sin apresuramiento en la cuestión de qué somos. Desde luego, debe ser claro para quien genuinamente se pregunta por qué debe hacer, que respuestas inmediatas de qué somos: por especie, género, edad, clase social y demás clasificaciones, no proporcionan ningún esclarecimiento existencial. Ninguna respuesta dada por ninguna autoridad en tema alguno debiera ser tomada como respuesta …

Qué chulada de maíz pinto

Crecí oyendo a mi papá decir con enjundia "¡Qué chulada de maíz pinto!" cuando le veía las piernas a mi mamá y después se las estrujaba con las mega-manotas que Dios le dio.

Hasta hace poco no tenía una clara idea de lo hermoso que es el maíz azul (con el que hacen las tortillas azules que saben a gloria) hasta que de golpe lo vi en el mercado de Xochimilco, esta foto no me dejará mentir, su belleza es asombrosa.

Cuando pase el temblor

Tengo “miedo” de que pase el temblor.

He tenido la oportunidad de haber experimentado dos grandes desastres en la Ciudad de México: 1985 y 2017. Con ellos, sus “antes”, sus “durante” y sus “después”. Del “después” del 2017 aún me falta por saber, pero si es un “después” como el de 1985 no quiero que pase el temblor. 
La soberbia y la indiferencia se cultivan en el “antes”. El hombre que se siente dueño de su destino se vive completamente, paradójicamente, a merced de tal destino. El hombre en el “antes” cree que no hay nada que temer y que no hay nada que no pueda conocer; pero este hombre no conoce la humildad. En la ilusión que le hace creer que es dueño de sí, se olvida de sí mismo en sus ocupaciones, en su ajetreada cotidianidad: no hay tiempo para nada más que el repetir una y otra vez su acostumbrado hacer. 
Así que estaba yo observando una mañana de domingo de 1985 mi vecindad y era como si todos estuvieran des-almados. Entonces pensé qué se necesitaría para traerlos a todos d…