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Sucede que

Un día maté un pollo. Pero no se me mal entienda, él estaba ahí muy solo en su caja de cartón. Pensé que, como yo, tenía frío y quería cobijo. Con un trapito lo envolví y le di las buenas noches.

A la mañana siguiente mi hermano fue a ver a su pollo, sí, era de él, no mío. Lo descubrió muerto. No sé si para mi hermano representaba la primer muerte significativa. Yo no lo podía creer y fui a verlo y dije que hasta lo había tapado. Mi hermano sentenció: lo mataste. 

Una que otra vez le da al suceso por salir y a mi hermano por decirme: mataste a mi pollo. Supongo que mis intensiones le han venido guangas todo este tiempo. Los hechos están ahí a la vista e irrefutables. Un pollo vivió pocos días porque no quería que sintiera frío como yo. 

Supongo que he lastimado a más de uno por desearle un bien. Supongo que esto clasifica dentro del egoísmo, pues es creer que tus necesidades son las de los otros.

Qué forma más triste de sentirme sola. 

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