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Mi naturaleza castrante

La necesidad de que nada se mueva en mí la traduzco en la exigencia de que nada se mueva en los otros. Que no pase nada aquí, que no pase nada en ti. ¿Qué derecho tengo? Ninguno.

Nadie tiene derecho a inhibir la libertad del otro, la libertad de ser quienes son y de actuar conforme a su propia naturaleza. Que yo tenga miedo a que me dé el aire es mi problema, los otros tienen derecho a disfrutar del viento, de la velocidad, del cambio, de la experimentación. Mi pobreza no es razón para evitar la riqueza del otro.

Esta vida de ahorita, este ahora mismo, uno lo vive como quiere y como puede. El coincidir de los caminos nunca implica que los caminos sean iguales ni que vayan al mismo lugar o que compartan el mismo paisaje.

Una y otra vez me lo digo: "deja que los demás sean y defiéndete a ti de ti misma de ser quien eres". No entiendo. Una y otra vez caigo en desear que los otros sean como yo. No son, nunca lo han sido y nunca lo serán. Pero nadie entenderá al otro mientras crea que puede ver a través de sus ojos. Uno sólo ve a través de sus propios ojos, de sus propias experiencias y el otro está ahí para mostrarnos otra posibilidad hacia la que nos podemos conducir a nuestra manera.

Quiero que sepan que intento no andar castrando y censurando, pero caigo en la tendencia una y otra vez. La razón es mi miedo apabullante vuelto hacia afuera. Tengo miedo y no quiero que nadie más lo tenga porque no es lindo.

El trabajo de ser uno es personal. Agradezco la compañía, el aliento, la motivación. Pido perdón por aquellas veces que, en la necedad, quiero que los círculos sean cuadrados.

Libertad, respeto, amor. ¡Salud!

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