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El perdón, una forma de exorcismo

El resentimiento te consume dentro, poco a poco va acabando con tus defensas, con tu placer por la vida, con la naturalidad de tu sonrisa. Los días, todos, son grises a tus ojos... o negros. El resentimiento es como un monstruo que habita dentro de ti y se cuelga de tus tripas, te aprieta el corazón y te arquea la espalda.

La expulsión definiva de ese monstruo es imperante. Pero él no se irá con razones o con pastillas. Un exorcismo debe ser efectuado: el perdón.

El perdón es la paz interior, la liberación del tormento autoinflingido, el desprendimiento del ancla con lo que ya pasó. El perdón es el aire fresco en tus pulmones, la posibilidad de otros caminos, la reinstauración de tu ser en ti mismo, la incorporación, el levantamiento.

El exorcismo implica enfrentar al monstruo, verle la cara, nombrarle y sobreponerse a él dejándole ir sin argumentar.

El perdón no es la liberación del otro, no es el acto magnánimo de quien absuelve. El perdón no es un mostrarse superior o mejor o más bueno o más abnegado. El perdón es el amarse lo suficiente como para dejar aquello con lo que nos hemos identificado: la victimización.

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¿Qué debemos hacer?

"¿Qué debemos hacer?" Así empieza Cuadernos negros (1931-1938) de Heidegger seguido de otras preguntas que acentúan el carácter de esta primer pregunta: ¿Quiénes somos? ¿Por qué debemos ser? ¿Qué es lo ente? ¿Por qué sucede el ser? Esto es filosofar.

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