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Sin deseo no hay amor

El deseo es una pulsión de vida que no siempre va encaminada a la satisfacción sexual. El deseo es el motor o la pira que nos impulsa a buscar experiencias. El deseo es el llamado del Ser a ser más, a continuar su devenir, a saciarse de vida.

Recuerdo que en algún momento escribí sobre la gran pregunta: ¿qué quieres? Varias veces me he enfrentado a la nada ante esa pregunta. Es más, en algún curso que tomé por ahí hace algunos años, el conferenciante a cargo decía que en la meditación, en el momento de la introspección o la reunión con uno mismo, uno no deseaba nada. Curioso: cuando estoy conmigo, llena de mí, no quiero nada, pero ese no querer nada no es la misma nada que cuando en un momento cualquiera te preguntan qué quieres y tú no sabes responder.

No sé si me haya explicado el laberinto éste entre el ser, la nada, el deseo y la sutil diferencia entre la interpretación general o común y la interpretación existencial.

Cuando hablo del Ser me refiero no literalmente al bulto que somos cada uno de nosotros —aunque también—, sino al complicadísimo ente que es capaz de sustraerse de la inmediatez para estar presente completamente consciente: la conciencia que se percata de sí (de sensaciones, pensamientos e incluso de sí misma). La conciencia que se percata de sí busca experiencias que le ayuden —digamos— a contemplarse mejor, a saber más de sí. Ahora, la consciencia se construye constantemente y aunque obviamente va cambiando, sigue una línea particular que, por cierto, nada tiene que ver con el ego. Esta línea particular —de cada quien— es una especie de filtro sutil mediante el cual la conciencia dirige sus acciones a la siguiente experiencia. Esto último es justo "la chispa" con que se enciende la pira; siguiendo esta analogía, la "madera" de la pira es la pulsión sexual (o de vida). Siguiendo en este registro, cuando la siguiente experiencia es inducida por el deseo del Ser, la entrega a lo que sucede es completa, es decir amorosa (abierta y aceptada), por eso digo que sin deseo no hay amor. Al estar teniendo una experiencia deseada no queremos más nada sino seguir experimentando lo que estamos experimentando en el momento.

En el caso general, cuando alguien oye del ser, piensa en el 'yo' que es justamente el ego o la máscara que hemos construido con la idea distorsionada de lo que somos (y tiene que ser distorsionada porque es una concepción fija, y ya vimos que cambiamos constantemente). Cuando tomamos decisiones basados en el ego, lo que estamos haciendo es seguir buscando ser lo mismo o más de lo mismo. Si te preguntan qué quieres en un momento en que tu ego está dominándolo todo, la respuesta es: más dinero, otra casa y cosas así hasta un "que se muera fulano". Aquí lo que impera es la pulsión de muerte, porque en la muerte no hay cambios, no hay posibles experiencias y, desde luego, no hay amor.

Ojo, ya me saltó el tema recurrente del amor eterno del más allá por el que mucha gente muere: el engaño más grande de una humanidad decadente.

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