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Soy afortunada

Hoy tomé otro día de mis vacaciones urbanas y salí a la calle a tomar peseros y metro. De ida me parecía que me incorporaba a todo ese mar de gente que uno suele ignorar: ahí estamos todos, apretados, presurosos, ignorándonos los unos a los otros.

Tengo suerte en el pesero y hay un lugar donde quepo (generalmente voy parada porque los asientos son tan reducidos que mis piernas no entran). Llegamos al paradero, todo luce más lleno, saturado, charcos de agua sucia, planchas llenas de grasa para preparar alimentos: sopes, tortas, tacos, tripas. Parezco nueva por el rumbo, me equivoco en la entrada al metro porque no tiene ningún letrero. La mayoría camina en automático, se saben el camino de memoria y no necesitan letreros. Regreso, vuelvo a intentarlo, compro el boleto, tres pesos. Iré de metro Universidad a Cuatro Caminos por sólo tres pesos, seguro es una bendición para todos aquellos que lo tienen que tomar a diario, ida y vuelta, más peseros, más comida. La gente aquí no se ve que pueda pagar más. 

Cuento las estaciones. Muchos ya saben tan de memoria el camino que pueden dormirse y despertar justo en su parada. Pero yo cuento y me asomo a ver en cuál vamos, debo bajarme en Hidalgo. Me sorprende que en Hidalgo haya policías mirando los andenes, seguramente se ha puesto ruda la estación. La gente que veo se ve que trabaja duro, lo veo en sus manos, en sus rostros y en su ropa. Los veo y pienso, todos ellos comen y sufren y aman y se enferman y lloran... Estamos todos juntos, solos. 

La última vez que me subí a esta línea del metro había sido para ir al hospital a ver a mi papá. Algo de ese sentimiento de incertidumbre y aceptación volvió a mí. Cuando llegué a Cuatro Caminos recordé las pocas veces que anduve por allá para ir a la escuela; fue difícil y agradezco que haya durado poco. Para viajar en metro hay que ser un poco duro, hay que ver sin ver, hay que cerrar los oídos con unos audífonos y la vista con un libro, de otra forma uno ve un México instalado en la pobreza y en la lucha por la supervivencia. Hagan la prueba y tomen rutas que toquen Indios Verdes, Pantitlán, Cuatro Caminos a la hora pico: la clase trabajadora sale a ganarse el pan y vuelve a casa cansadísima para repetir la hazaña una y otra vez, sin fin mientras tengan vida. 

Es bueno recorrer todos los México que hay, para ello se necesita "llegar" a él por varias rutas. Hay que ver de cerca los grandes almacenes y luego, también de cerca, al joven inválido con voz rasposa gritar: ¡tienes que ayudarme! ¡Tienes que apoyarme! Hay que ver la comida de restaurantes que demandan reservación y vestimenta formal y luego ver la comida en los paraderos. Este ejercicio te templa, es una forma de alimentar el alma y de tomar perspectiva. 

Por la noche ya estoy saturada. Tengo el estómago un poco revuelto y ya en casa pronto parecen volar las imágenes del día. Es fácil olvidar, por eso vine a escribir un poco, aunque siento que he perdido el sentimiento doloroso gracias al cómodo sillón en el que reposo. Soy afortunada. Hay muchos allá afuera que no lo son, que todavía no llegan a casa, que todavía no comen, que quizá no puedan bañarse, que no tengan un libro que los lleve a otros escenarios. No sé. Soy afortunada. 

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