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Viviendo contradicciones

Hoy es un día extraño. Hace frío adentro y afuera. Los centros comerciales están llenos, la gente compra como si fuera hoy su último día. Acaba de pasar un fin de semana de descuentos simulados para elevar la necesidad de compra y la gente, hoy, sigue comprando... y seguirá comprando.

Estoy bien y no quiero que mi "estar bien" cambie. A veces me incomodan los correos con noticias, mensajes políticos, retratos del México que no quiero que exista... pero existe. ¿Y qué hago yo?

No puedo estar si hacer nada, no quiero ir a aventar piedras a San Lázaro, no quiero ir a olvidarme de todo al centro comercial, no quiero prender la tele para no ver nada. Se me congelan las manos. No me puedo contener.

No quiero de México un país dormido, ni violento, ni indiferente, ni reaccionario, ni adornado con discursos, ni amurallado, ni pobre y rico en extremo, ni inseguro, ni conformista, ni egoísta. No quiero diputados sarcásticos, ni cómodamente seguros en un curul por seis años, no quiero oír cómo se burlan entre ellos, ni ver cómo hacen gala de protocolos huecos. No quiero ver a la policía y al ejército, formado de personas iguales que tú, asegurando una forma de gobierno que hoy tiene a manifestantes gritando a las cámaras porque no hay modo de gritarles a quienes se niegan a escuchar.

Estoy en mi casa. En mi colonia se respira paz. Lo que veo desde aquí no es toda la verdad. Lo que ves tú, desde donde quiera que estés no es toda la verdad. ¿Si no veo la violencia, no existe? México no está bien, un país donde la gente siente injusticia no puede estar bien, un país donde existen las condiciones para que se encuentre en estado de guerra no puede estar bien, aunque tú te sientas bien.

Hoy México es un país dividido, es un país de extremos y un país de egoístas. La gente se detesta entre sí, aún entre amigos no falta el sentimiento ahogado de "pinche compadre", "vieja loca". La gente va a sus convivios de oficina de fin de año para salir en la foto y recortar al colega y a la pareja de adúlteros en  turno, como si fueran jueces inmaculados.

¿Y yo qué hago?

Antes pensaba que reflexionar con la gente cercana a mí era suficiente. No se puede reflexionar con quien no quiere ver más allá, con quien no admite en sí lo extraño y lo diferente. No sé, quizá soy como ellos de alguna forma.

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