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Necesito escribirlo

Platicando con una amiga... o debiera decir, quejándome con una amiga de que no sé con quién quejarme, me ha sugerido que escriba una carta dirigida a "quien corresponda". Después de un rato, rectificó, —creo que en lugar de una carta deberías de hacer un libro— y se rió.

En realidad no sé con quién estoy molesta, pero lo estoy.

Ya tiene mucho tiempo que mi perrita Meg va y viene en temas de salud. Cuando llegó a mi vida sabía, y precisamente por ello la quise, que Meg era sorda, que ya había sido rechazada por una  familia y que podría ser difícil su carácter. Sabía que un perro requiere cuidados de por vida y le dije sí.

De pequeña mordió de todo, acabó con el pasto de mi jardín y con varias plantas varias veces. Me dolía ver a las plantas muertas y me enfurecía con Meg, mucho más allá de lo que razonable y sanamente debía. Me da pena esa parte de mi vida, mucha pena.

Meg fue a la escuela perruna y después de tres niveles de educación, ella decidió que ya tenía suficiente y se echó a correr, cruzó medio pueblo para llegar a su "casa" y quedarse allí adentro mientras todos corríamos con la preocupación de que la atropellaran y sin poder detenerla. Meg prefería ladrarle a los borregos y correr.

En mi casa, sin campo para correr y sin borregos, prefería pasar el tiempo demandando caricias. Pasaron los años y fue subiendo de peso. Con comida baja en calorías y raciones pequeñas no lograba que bajara de peso. A veces no quería caminar y hacía como si tuviera algo en las patas, la revisaron varias veces y no tenía nada. Luego, entre tantas visitas al veterinario, resultó que su corazón era más grande de lo normal y que necesitaría medicamento. Cuando vivió en Suecia, tuvo una tercera opinión médica y era no tomar medicamentos pues su calidad de vida no estaba siendo afectada y los medicamentos, una vez que empezara a tomarlos serían de por vida. También empezó con problemas de tos, mocos y aunque le hicieron análisis y le revisaron los pulmones nadie pudo encontrarle la razón a sus padecimientos.

Hubo un tiempo que pensé que ya se estaba despidiendo, se la pasaba echada como trapo y decidí le daría de comer lo que quisiera, que ya tenía suficiente con sus padecimientos como para todavía matarla de hambre. Y empezó a recuperarse anímicamente, aunque su corazón seguía igual, sus mocos seguían escurriendo y de vez en vez parecía que se iba a ahogar.

Luego empezó a bajar de peso. Creí que finalmente estaba por el camino de la salud. Pero no fue así, estaba adelgazando porque un tumor en la panza le crecía. También terminó con la pata hinchada porque le dio por deshacer un palo a mordidas y se encajó astillas en el proceso (ahora lo sé, en el momento no parecía que se hubiera lastimado, tenía el pelo largo y no cojeaba). Con la pata visiblemente mal, terminó en el veterinario que decidió que era prioridad lo del tumor de la panza. Le sacaron tres kilos de tumor y empezó a recuperarse.

Ya para entonces me preguntaba el porqué un perro cuidado y querido acaba con un tumor de esa magnitud, quería que alguien me explicara.

Cuando le detectaron el tumor me dieron el pésame. Me dijeron que no había nada que hacer. Afortunadamente una amiga me dijo que Meg se merecía una segunda opinión. La segunda opinión fue que sin importar lo que fuera la cirugía era obligada porque en cualquier momento se le podría reventar el baso y morir. También temía porque no despertara de la cirugía dado el problema de su corazón y un alto nivel de colesterol. Afortunadamente la libró.

No sé cómo explicar lo que he sentido mientras le descubrían el tumor y la operaban. Me sentí impotente, incómoda, inconforme. Otra amiga me dijo, —los perros también tienen derecho a enfermarse y a que los cuiden—. Bueno, en cierta medida me calmé y traté de aceptar el hecho. Una parte de mí estaba molesta por tanto cuidado que tenía que ponerle y tanto susto; me molestaba aún más el que mi perra me resultara incómoda como si fuera un producto defectuoso al cual no podía tirar o reclamar garantía o mandarlo a componer. Así empezó mi molestia y no se ha ido, aquí sigue. Me molesta que la gente que quiero, y mis perros, se enfermen; me molesta que alteren mi mundo que apenas puedo tener "apaciguado". Me molesta ahogarme en un vaso de agua y me molesta no poder ser empática con quien sufre. ¿Con quién me quejo? ¿Quién tiene la culpa?

Me ha quedado más que claro que no hay nada que yo pueda hacer para que todos estén bien y yo pueda estar tranquila. Yo misma tengo un cuerpo que a veces me duele y que cada día se va muriendo un poco más; que aunque cuido lo que como, me ejercito, no tengo vicios, igual se enferma e igual se va a morir (y yo con él) y no sé como la pasaré y además no me puedo anticipar de ninguna manera y tampoco nadie puede hacer nada.

A Meg la tuvieron que volver a operar porque la pata parecía que se le iba a reventar. Y tengo que cuidar que no se lama la pata y Meg sólo puede hacer por ella eso mismo, lamerse la pata. Así que mi perra va acumulando dolencias (problemas hepáticos incluidos) y yo impotencia.

¿Qué puedo hacer? ¿Con quién hablo? ¿Hay magia que le sirva a mi perra? ¿La pongo a meditar entre varitas de incienso? ¿Le digo que piense positivo?

Meg me ha brindado su compañía. También me hostiga cuando no me deja leer, ver alguna película, vestirme o me despierta en la madrugada. Con la gente es igual, a veces me dan muchas cosas y otras veces me quitan. Así son las relaciones, así es cuando entran a tu corazón y te llenan de momentos lindos y luego no sabes qué hacer cuando les pasa algo. No hay relación que sea un camino fácil y recto, toda relación tiene sus curvas, sus subidas y bajadas.

Lo sé, lo pienso, lo escribo, pero para ser sincera, no termino de aceptarlo porque hay bajadas en esos caminos que no entiendo y no puedo sino bajar y perder de vista por momentos todo lo que he recorrido y hasta la dirección a la que me llevan.

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