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De paso, un cuento

Por Flor Coss

He estado pensando en varios temas, a veces se me antoja escribir, luego se me atraviesa alguna actividad y pierdo el impulso. Hace tiempo que no escribo un cuento.

Podría escribirles la breve historia de la niña del abrigo azul pastel. Regordeta y parchada, no piensa en la vida ni en la muerte, no cree en nada más que lo que le dicen —¿por qué habría de dudar de tu palabra?—, sonríe a todo aquel que voltea a verla, no se preocupa por el futuro y, vaya, ni siquiera se imagina cómo será cuando cumpla un año más. La niña no vende fósforos ni vive esperando milagros, no tiene mascotas ni amigos imaginarios, no hay tragedias que enmendar ni fantasías de espejos para divagar... aunque sí le gustan los espejos, no para verse específicamente sino para crear infinitos sin preguntarse si ellos son posibles. En su abrigo guarda una llave que no abre ni cierra nada pero que tiene las formas redondeadas de un trébol. En su memoria sólo habitan olores que forman flores de caleidoscopio entre las que se pierde mientras dan las seis, es entonces cuando el día le regala un crepúsculo y comienza a despedirse de sus ojos abiertos.

¿Qué pasa con la niña? Lo que pasa con todos los niños: crece, no su cuerpo, no su espíritu, no su intelecto. Crece abandonándose para ser alguien, quién sabe quién pero no ella. Crece convirtiéndose en lo que le dicen que es. Ese crecer es un irse despidiendo del simple placer de sólo ser.

He estado pensando en eso del ego, también en el tiempo y en eso que me permite verme escribir y además es testigo de lo que pienso.

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