Tiempo de ser feliz

Nacemos una sola vez y dos no nos es dado nacer y es preciso que la eternidad no nos acompañe ya. Pero tú, que no eres dueño del día de mañana, retrasas tu felicidad y, mientras tanto, la vida se va perdiendo lentamente por ese retraso, y todos y cada uno de nosotros, aunque por nuestras ocupaciones no tengamos tiempo para ello, morimos.
Epicuro.

La filosofía nos muestra maneras de vivir, modos de obrar y técnicas de existencia. Conocer pensamientos filosóficos nos lleva, dice Onfray, a "poner en tela de juicio la propia vida", de modo que, si tenemos las riendas de nuestra propia vida, podamos conducirnos oportunamente por donde estamos llamados a vivir, en lugar de permanecer en un mundo ilusorio donde se tiene la clara sensación de no pertenencia. Conocerse a sí mismo sigue siendo una máxima pues es la llave que da acceso a la vida verdadera, que no es otra sino la vida de uno, no la que dicen que se debe tener; es estar en paz con uno mismo, reencontrarse con la sustancia única que lo constituye. Tres doctrinas: el cinismo, el estoicismo y el epicureísmo, han buscado develar la propia naturaleza del sujeto y han hablado de la felicidad como objeto y fin; veinticuatro siglos después, el hombre común aún busca a la felicidad como quien busca el paraíso perdido.

Schopenhauer nos dice que los estoicos comprendieron “que la privación y el sufrimiento no provienen directamente del no-tener, sino del querer-tener y no tenerlo”; el sufrimiento es autodestrucción; es un apego de cualquier tipo, ya sea un objeto físico o un objeto mental, en el cual se basa el sentido de la existencia; es dolor prolongado por una voluntad condicionada.

El cinismo filosófico propone un alegre saber insolente, Diógenes creía que podía proponer a los hombres un camino que los condujera a la felicidad, haciendo caer las máscaras de la hipocresía, transmutando los valores de todos por los valores de uno, no por el placer de ir en contra de lo establecido sino por no permitir conformarse con lo que está dado.

La felicidad es el buen transcurrir de la vida, es aprender a seguir el flujo, aprender a montarse a la ola en lugar de enfrentársele, es dejar de oponerse a su natural transcurso, es vivir coherentemente con lo que se es y lo que se hace, es estar centrado, es vivir en unidad con uno mismo; todo ello comienza con aceptar lo que uno es, es vivir a partir de donde uno está y no donde uno quisiera estar. La felicidad es el acto de la voluntad de aceptar la existencia como lúcida y alegre.

El placer es de naturaleza afín a la nuestra, no así el dolor que es pasajero. ¿Por qué pensar exactamente lo contrario? Las creencias dirigen nuestras acciones, debemos abandonar cualquier creencia, por más arraigada que esté, cuando existan buenas razones para hacerlo. La felicidad es una buena razón.

Hemos procurado la seguridad como una forma de salvarnos, de dormir sin sueño, cuando quizá el camino sea buscar nuevos grados de inseguridad: no salvarse ni reservar en el mundo sólo un rincón tranquilo, diría el buen Benedetti.

Cínicos, estoicos y epicúreos nos invitan a dejar de esperar a que suceda algo, a dejar de buscar afuera y, en cambio: asumirse, despertar el anhelo de plenitud de ser, contestar al anhelo del propio ser de experienciar su naturaleza —como un acto de estar total y completamente presente, abierto a las posibilidades y entregado aquí y ahora al acto—.

La sencillez de la fórmula de ser feliz como una decisión de experienciar el propio camino hace que sospechemos de ella y busquemos fórmulas que ponen a la felicidad como una meta utópica. La decisión es propia, sólo digo que ya es tiempo.

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