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La libertad

No quiero hablar de la libertad física, que en cierto modo puede exigirse como un derecho político. No quiero hablar de una libertad que puede ser tan irracional como el que un árbol fuera libre de la tierra.

La libertad de la que hablo no se exige, se la otorga uno y ello implica DESPERTAR A LO QUE ERES. Desde el momento en que naciste, un montón de circunstancias te han ido conformando (incluye la educación de tus padres, la de la escuela y las experiencias que te han marcado para que dejes de hacer algo tan básico como sonreír, creer, confiar, amar, desear, soñar,... y hasta acercarte físicamente a alguien), ese moldearte a ideas que no son las tuyas es ir perdiendo la libertad de la que hablo.

Tú no eres tu cuerpo, tú no eres ese ruido mental que te atormenta, no eres el sueño de nadie (deja de limitarte para agradar). Tú eres una consciencia en plenitud constante, ser así implica abrirse a sentir lo que te pasa a cada momento y asumir la responsabilidad de ello. ¿Eres libre?

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¿Qué debemos hacer?

"¿Qué debemos hacer?" Así empieza Cuadernos negros (1931-1938) de Heidegger seguido de otras preguntas que acentúan el carácter de esta primer pregunta: ¿Quiénes somos? ¿Por qué debemos ser? ¿Qué es lo ente? ¿Por qué sucede el ser? Esto es filosofar.

Para los grandes filósofos, hacer la pregunta correcta es lo importante porque es lo que conduce el pensamiento y en último caso la acción. Pero saber preguntar no es sólo cosa de filósofos, es cosa de todos si es que queremos plantearnos de frente y sin evasiones lo más digno de ser cuestionado: el sentido de nuestra existencia a partir del quedarnos sin apresuramiento en la cuestión de qué somos. Desde luego, debe ser claro para quien genuinamente se pregunta por qué debe hacer, que respuestas inmediatas de qué somos: por especie, género, edad, clase social y demás clasificaciones, no proporcionan ningún esclarecimiento existencial. Ninguna respuesta dada por ninguna autoridad en tema alguno debiera ser tomada como respuesta …

Qué chulada de maíz pinto

Crecí oyendo a mi papá decir con enjundia "¡Qué chulada de maíz pinto!" cuando le veía las piernas a mi mamá y después se las estrujaba con las mega-manotas que Dios le dio.

Hasta hace poco no tenía una clara idea de lo hermoso que es el maíz azul (con el que hacen las tortillas azules que saben a gloria) hasta que de golpe lo vi en el mercado de Xochimilco, esta foto no me dejará mentir, su belleza es asombrosa.

No sólo los seres mueren

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