Varios meses después...

Hoy me acordé de un día en el que fui muy contenta y muy triste al mismo tiempo. ¿Será eso abrazar la emoción para convertirla en dicha? No sé.

Me acuerdo que ese día hacía frío, llovía, tenía los pies mojados y los tenía tendidos hacia el fuego. Estaba nublado y las cosas resplandecían de una manera inexplicable. Había agua por todos lados, por dentro, por fuera, en el ambiente, en mí. Estaba sentada mirando coníferas a lo lejos sin idea alguna de que haría después, quiero decir, de qué haría con mi vida. Estaba ahí en el lugar perfecto, como de sueño, viviendo mi peor pesadilla. Comí delicioso, bebí champagne, platiqué con el corazón en la mano y al mismo tiempo veía a una mujer ya mayor (de esas con el cabello blanco, el cuerpo encorvado y que apenas podía caminar) comiendo tan rico como yo y me pregunté si se sentía tan sola como yo o tan dichosa como yo. La miré como si me mirara a mí misma. La miré en el lugar más bello, con los ojos puestos en mar, con una copa de vino blanco en la mano, independiente, autosuficiente y sin alguien con quién compartir.

Así con todo eso que me pasaba, pensaba al mismo tiempo que todo estaba muy bien. Saboreé cada respiración dificultosa, cada bocado que se atoraba en mi garganta, mientras una gaviota brincaba en el muelle donde se mantenía un quinqué encendido. ¡Qué belleza!, recuerdo haber pensado. Si cierro los ojos muy fácil puedo regresar a sentir ese momento. Creo, que si pudiera editar mi vida no podría suprimir ese día y por consiguiente ninguno otro de los que me llevaron a ese lugar en ese preciso momento. Jamás me ahorraría un momento tan intenso porque ha sido de los días que más viva me he sentido.

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